Mi suegro creció comiendo sopa de sangre. La odiaba, aunque nunca supe si por su sabor o por la humillación que suponía. Su padre alcohólico se bebía cada mes los ingresos familiares. Les solía faltar dinero para comer. Los desahuciaron de un piso tras otro. Con trece años, abandonó la escuela para ayudar a mantener a su familia. Finalmente, obtuvo un buen trabajo fijo que odiaba. Era inspector en una fábrica que producía esas máquinas que miden la humedad de los museos. Intentó fundar varios negocios en su tiempo libre, pero ninguno funcionó. Conservó aquel trabajo durante 38 años. Escaló desde la pobreza hasta una vida de clase media: coche, casa, dos hijos matriculados en un colegio católico, y una mujer que trabajaba a tiempo parcial. Trabajó sin descanso. Además de su trabajo fijo, tenía dos más: jardinero para un magnate local y basurero.

Durante las décadas de 1950 y 1960, leía el Wall Street Journal y votaba al Partido Republicano. Era un hombre adelantado a su tiempo: un blanco de clase trabajadora que creía que el sindicato era un grupo de bufones que se llevaban el dinero de los obreros sin darles nada a cambio. A partir de 1970, muchos otros siguieron su ejemplo. El pasado 8 de noviembre, el candidato de todos ellos ganó las elecciones presidenciales de Estados Unidos.

Durante todos estos meses, lo único que me ha sorprendido sobre Donald Trump es el asombro de mis amigos ante su éxito. Lo razón que lo generaba era la brecha cultural entre clases sociales.

Un elemento poco conocido de esa brecha es que la clase obrera blanca (WWC, por sus siglas en inglés) recela de los profesionales, pero admira a los ricos. Los migrantes de clase (profesionales de cuello blanco nacidos en familias de cuello azul) suelen decir que "los profesionales siempre están bajo sospecha". Como decía Alfred Lubrano en Limbo, los gerentes son universitarios "que no saben una mierda sobre cómo hacer nada, pero están llenos de ideas sobre cómo tengo que hacer mi trabajo". La ensayista Barbara Ehrenreich recordaba en 1990 que su padre, trabajador de cuello azul, "no podía pronunciar la palabra médico sin el prefijo quack (charlatán). Los abogados eran unos picapleitos...y los profesores eran, sin excepción, unos farsantes". La socióloga Annette Lareau encontró en sus investigaciones una gran animadversión hacia los profesores, quienes eran percibidos como condescendientes e inútiles.

El profesor de sociología de la Universidad de Harvard (EEUU) Michèle Lamont, en su libro The Dignity of Working Men, también describe cierto rencor hacia los profesionales, pero no hacia los ricos. "No puedo criticar a nadie por haber triunfado", le dijo un obrero. "Hay mucha gente rica por allí y estoy seguro de que se ha dejado la piel por cada céntimo que tienen", indicó un recepcionista de almacén.

 ¿Por qué esta diferencia? Para empezar, la mayoría de los trabajadores de clase obrera tienen poco contacto directo con los ricos más allá de la serie de televisión Lifestyles of the Rich and Famous. Pero los profesionales les mandan a diario. El sueño no consiste en convertirse en miembros de la clase media alta, con sus particulares hábitos alimenticios, familiares y sociales; el sueño es vivir en su propio entorno de clase, donde cada persona se siente más cómoda, pero con más dinero. "Lo principal es ser independiente y dar tus propias órdenes, no tener que recibirlas de nadie más", le contó un operario a Lamont. Tener tu propio negocio. Ese es el objetivo. Ese es otra parte del atractivo de Trump.

Hillary Clinton, por el contrario, personifica la arrogancia, la estupidez y la pedantería de las élites profesionales. La estupidez, su traje pantalón. La arrogancia, su servidor de correo electrónico. La pedantería, los "deplorables" con que llena su discurso. Peor aún, su mera presencia recuerda que incluso las mujeres de su clase pueden faltarles el respeto a los hombres de clase trabajadora, a los obreros. La condescendencia con la que trata a Trump, la manera en que lo califica de incompetente para ser presidente, la forma de descalificar a los seguidores del republicano por racistas, sexistas, homófobos y xenófobos.

El discurso directo de Trump conecta con otro valor de la clase obrera: hablar sin rodeos. "Ser directo es una norma de la clase trabajadora", señala Lubrano. En palabras de uno de los obreros con los que habló, "si tienes un problema conmigo, ven a hablarlo conmigo. Si hay una manera en la que quieres que se haga algo, ven a hablarlo conmigo. No me gustan ni hipócritas ni falsos". Para muchas personas, hablar claro requiere valor masculino, ser un hombre y no "un blandengue y pusilánime total", como describía un electricista a Lamont. Por supuesto que Trump es atractivo para la clase obrera. ¿La torpeza con la que Clinton reconoció que habla de una manera en público y de otra en privado? Para ellos, una prueba más de que es una hipócrita y una falsa.

La dignidad varonil, esa sensación de poder masculino, importa mucho a los hombres de clase obrera, y no sienten que la tengan. Trump promete un mundo libre de lo "políticamente correcto" y regresar a una época anterior, en la que los hombres eran hombres y las mujeres conocían su sitio. Puede ser reconfortante para hombres con educación secundaria que podrían haber sido mi suegro si hubiesen nacido 30 años antes. Hoy se sienten como perdedores. O lo hacían, hasta que conocieron a Trump.

La dignidad varonil importa mucho a la mayoría de los hombres. También ser el sostén de la familia. Muchos aún miden la masculinidad en función del tamaño de la nómina. Los sueldos de los hombres de clase obrera empezaron a descender en la década de 1970 y recibieron otro duro golpe durante la Gran Recesión de 2008.

Miren, personalmente yo desearía que la masculinidad funcionara de otra forma. Pero la mayoría de los hombres, al igual que la mayoría de las mujeres, busca cumplir con los ideales con los que ha crecido. Muchos trabajadores de cuello azulo lo único que piden es una dignidad humana básica, en su vertiente masculina, claro. Trump promete proporcionársela.

¿La solución del Partido Demócrata? El pasado mes de octubre, el New York Times publicó un artículo que aconsejaba a los hombres con estudios secundarios aceptar empleos de cuello rosa [NdT: en Estados Unidos, cuello rosa se refiere al sector de los servicios]. Vaya falta de tacto. Los hombres de la élite, si nos fijamos, no están moviéndose hacia trabajos ejercidos tradicionalmente por mujeres. Recomendarles eso a los hombres de la WWC no hace más que alimentar su enfado de clase.

¿No es injusto lo que le ha pasado a Clinton? Por supuesto que lo es. Es injusto que no fuera considerada una candidata verosímil hasta que estuvo tan cualificada para ello que de repente dejó de estarlo por un error del pasado. Es injusto que se llame a Clinton una "mujer desagradable", mientras que a Trump se le considera un hombre de verdad. Es injusto que Clinton sólo saliera tan bien parada durante el primer debate electoral porque envolvió su candidatura con un aire de feminidad. Cuando volvió al modo ataque, era lo correcto para un candidato a la presidencia, pero lo equivocado para una mujer. Las elecciones han demostrado que el sexismo está mucho más arraigado de lo que se imaginaba la mayoría de la gente. Pero las mujeres no hacen piña: las mujeres de la WWC votaron a Trump por encima de Clinton con un increíble margen de 28 puntos – un 62% frente a un 34%. Si se hubiesen dividido a partes iguales, Clinton habría ganado.

La clase social pesa más que el género, y está impulsando la política estadounidense. Los políticos de ambos partidos –pero especialmente los demócratas si piensan recuperar la mayoría – han de recordar cinco puntos claves.

Entender que la clase obrera significa clase media, no pobre

La terminología puede resultar confusa. Cuando los progresistas hablan de la clase obrera, habitualmente se refieren a los pobres. Pero los pobres, el 30% de las familias estadounidenses con menos ingresos, difieren mucho de los estadounidenses del medio: el 50% del medio son familias cuyos ingresos medios eran de 64.000 dólares (unos 60.400 euros) en 2008. Esa es la verdadera "clase media" y se define a sí misma tanto "clase media" como "clase obrera".

"Lo que realmente me fastidia es que los demócratas intentan ofrecer políticas (bajas remuneradas por enfermedad, salario mínimo) que ayudarían a la clase obrera", me escribió un amigo tras conocer el resultado de las elecciones. Varios días de permiso remunerado por enfermedad no sostendrán a una familia. Tampoco lo hará el sueldo mínimo. A los hombres de la WWC no les interesa trabajar en McDonald´s por 15 dólares (unos 14 euros) la hora en lugar de 9,50 dólares (unos 8,95 euros) la hora. Lo que quieren es lo que tenía mi suegro: empleos fijos y estables a jornada completa que les proporcionen una sólida vida de clase media al 75% de los estadounidenses que carecen de título universitario. Trump se lo ha prometido. Dudo que vaya a cumplirlo, pero al menos entiende lo que necesitan.

Entender el resentimiento de la clase obrera hacia los pobres

¿Recuerda cuando el presidente Obama promocionaba Obamacare diciendo que proporcionaría atención sanitaria a 20 millones de personas? Otro programa más que sube los impuestos de la clase media para ayudar a los pobres, decía la WWC. En algunos casos fue cierto: los pobres consiguieron seguros médicos mientras algunos estadounidenses solo un poco más ricos vieron aumentar las primas de sus seguros.

Los progresistas llevan más de un siglo deshaciéndose en atenciones para los pobres. Eso (junto con otros factores) dio paso a los programas sociales dirigidos a ellos. Los programas condicionados a un nivel de ingresos determinado que ayudan a los pobres pero excluyen a la clase media pueden mantener los costes y tipos impositivos más bajos, pero son una receta para el conflicto entre clases sociales. Ejemplo: el 28,3% de las familias pobres reciben algún tipo de ayuda para cuidar a sus hijos, las cuales apenas existen para la clase media. Mi cuñada trabajaba a jornada completa para Head Start proporcionando cuidados infantiles para mujeres pobres, pero ganaba tan poco que apenas podía pagar el cuidado de sus propios hijos. Esto le generaba un gran rencor, sobre todo porque veía que algunas de las madres cuyos hijos cuidaba no trabajaban. Una de ellas llegó un día tarde a recoger a su hijo cargada de bolsas del gran almacén Macy´s. Mi cuñada estaba furiosa.

El conocidísimo libro autobiográfico Hillbilly Elegy de J.D. Vance capta ese resentimiento. Familias con muchas dificultades como la de la madre de Vance viven al lado de familias asentadas como la de su padre biológico. Mientras que las familias con peores condiciones sucumben ante la desesperación, las drogas o el alcohol; las otras se mantienen en el buen camino, como mis suegros, que eran propietarios de su casa y enviaron ambos hijos a la universidad. Para lograrlo, vivieron una vida de riguroso ahorro y autodisciplina. El libro de Vance somete a sus familiares con peor situación a un severo juicio, algo bastante común entre las familias que salieron mejor paradas gracias a su determinación y fuerza de voluntad. Se trata de una segunda fuente de resentimiento hacia los pobres.

Otros libros que también reflejan esto son Hard Living on Clay Street (1972) y Working-Class Heroes (2003).

Entender cómo las diferencias de clase se han traducido en diferencias geográficas

El mejor consejo que he visto hasta ahora para el Partido Demócrata es que los hipsters se vayan a vivir a Iowa.  El conflicto entre clases sociales se identifica hoy muchísimo con la brecha urbano-rural. En las enormes llanuras rojas entre las dos costas azules, unas cifras escandalosamente altas de hombres de clase obrera se encuentran en el paro o cobrando pensiones por incapacidad, lo que está impulsando una oleada de muertes desesperadas en forma de epidemia opiácea.

Las vastas zonas rurales se están marchitando, dejando tras sí un rastro de dolor. ¿Cuándo se ha escuchado a algún político estadounidense hablar sobre eso? Nunca.

El libro Those Who Work, Those Who Don’t (2009) de Jennifer Sherman trata muy bien este tema.

Para conectar con los votantes de la WWC, la economía es central

"La clase obrera blanca es idiota. ¿No se da cuenta de que los republicanos sólo la utilizan cada cuatro años para olímpicamente de ella después?" He escuchado alguna versión de esto una y otra vez, y realmente es una sensación con la que está de acuerdo la WWC; por eso han rechazado el establishment republicano. Pero para ellos, los demócratas no son mejores.

Los dos partidos han apoyado los acuerdos de libre comercio por el incremento del PIB, pero sin pensar en los trabajadores de cuello azul que perdieron su trabajo cuando las fábricas volaron rumbo a México y Vietnam. Estos son precisamente los votantes de los estados bisagra de Ohio, Michigan y Pensilvania. Los mismos que el Partido Demócrata ha ignorado durante tanto tiempo. Disculpe, ¿quiénes son los idiotas?

Un mensaje clave es que los acuerdos de libre comercio son mucho más caros de lo que hemos reconocido, porque el desarrollo del empleo sostenible y los programas de formación deben incluirse en su coste.

A un nivel más profundo, tanto un partido como otro necesitan elaborar un programa económico capaz de crear empleo para la clase media. El Partido Republicano tiene uno: liberar a los negocios estadounidenses. ¿El Partido Demócrata? Siguen obsesionados con cuestiones culturales. Entiendo completamente la importancia de los aseos públicos para personas transgénero, pero también comprendo que la obsesión progresista por priorizar temas culturales y sociales provoque la ira de tantos estadounidenses cuyas principales preocupaciones son económicas.

Antes, cuando los votantes de cuello azul eran sobre todo simpatizantes demócratas (1930-1970), los buenos empleos estaban en el centro de la agenda progresista. Una política industrial moderna seguiría el ejemplo de Alemania. (¿Quiere unas tijeras realmente estupendas? Compre unas alemanas). Se necesita una financiación masiva para programas de formación profesional vinculados con negocios e industrias locales para preparar a los trabajadores para puestos bien remunerados en la nueva economía. Clinton mencionó esta posibilidad, junto con otras 600.000 propuestas. No insistió más.

Evitar la tentación de minusvalorar el resentimiento obrero como racismo

El resentimiento económico ha alimentado la preocupación racial que, en algunos seguidores de Trump (y en el propio Trump), se ha convertido en racismo sin tapujos. Pero minusvalorar, y despreciar, la ira de la WWC como nada más que racismo es un reconfortante, pero peligroso, engaño intelectual.

Los debates nacionales actuales sobre política están incrementando las tensiones entre clases sociales del mismo modo que lo hicieron durante la década de 1970, cuando los universitarios se burlaban de los policías con el descalificativo de "cerdos". Es un ingrediente seguro para un conflicto clasista. Pertenecer al cuerpo de policía representa uno de los pocos buenos empleos disponibles para estadounidenses sin educación superior. Los agentes de policía perciben buenos salarios, interesantes beneficios, además ocupan un lugar respetado en sus barrios y ciudades. Que la élite los califique de racistas es un ejemplo aleccionador de cómo, aunque los insultos por cuestiones de género o raza ya no son aceptables en una sociedad educada, los basados en la clase social aún lo son.

No defiendo a los policías que matan a ciudadanos por vender tabaco de contrabando. Pero la demonización actual de la policía subestima la dificultad de acabar con la violencia policial contra las comunidades de color. La policía tiene que tomar decisiones en fracciones de segundo en situaciones peligrosas. Yo no. Si tuviera que hacerlo, puede que también tomara malas decisiones.

Decir esto resulta tan impopular que me arriesgo a convertirme en un paria entre mis amigos de izquierdas. Pero el mayor riesgo para mí y para otros estadounidenses actualmente es el desconocimiento continuo sobre las clases. Si no tomamos medidas para reducir la brecha cultural entre las clases sociales, cuando se compruebe que Trump es incapaz de devolver la industria siderúrgica a Youngstown, en Ohio, las consecuencias podrían ser peligrosas.

En 2010, durante una gira promocional de mi libro Reshaping the Work-Family Debate, di una ponencia sobre todo esto en la Escuela de Negocios Kennedy de la Universidad de Harvard (EEUU). A la mujer que organizaba las conferencias, una importante integrante del Partido Demócrata, le gustó mi charla. "Estás diciendo exactamente lo que necesitan escuchar los demócratas", musitó, "y nunca escucharán". Espero que ahora sí.