Es un momento oscuro para los cosmopolitas. El descontento con la globalización y el resentimiento hacia las minorías, los inmigrantes y los intelectuales han promovido el repunte del nacionalismo en Europa y Estados Unidos. Disfrazados con neologismos aparentemente neutros como "posverdad" y "derecha alternativa" (para la estadounidense alt-right), la propaganda, el racismo y la xenofobia se han vuelto a hacer un hueco en la sociedad. En este maremágnum, a los cosmopolitas se les describe cada vez más como una élite distanciada e indulgente.

El cosmopolitismo –la aspiración de convertirse en ciudadano del mundo– se ha convertido en un producto de lujo contaminado.

Podría parecer prudente, dado el clima imperante, distanciarse del cosmopolitismo. Esa elección, sin embargo, deja sin refutar una imagen distorsionada del cosmopolitismo y permite que se convierta en una víctima del choque entre el nacionalismo y la globalización. Hemos de resistirnos a esa tentación. Si queremos combatir la globalización del ultranacionalismo, ahora es el momento de tomar posición y defender el cosmopolitismo. Es el momento de separar su actitud de mente abierta de su parodia elitista; es el momento de poner el cosmopolitismo a trabajar para templar el nacionalismo y humanizar la globalización.

Adoptar una actitud firme empieza por recordar el origen del cosmopolitismo contemporáneo, por reconocer cómo se ha desviado de su camino y objetivo original.

Cómo nos convertimos en cosmopolitas

Yo me convertí en cosmopolita el 5 de agosto de 1943, tres décadas antes de nacer. Esa tarde, los Aliados entraron en mi pueblo de origen al sur de Italia. La ciudad estaba destrozada, pero los niños saltaban de júbilo. La guerra llegaba a su fin, y la libertad sabía a tabletas de chocolate estadounidenses. Los soldados las arrojaban desde la carretera mientras atravesaban el pueblo en Jeep. Mi madre nunca olvidó la que atrapó.

Las historias de los años de la Segunda Guerra Mundial como esa eran frecuentes mientras crecía, pero parecían distantes de mi mundo y mi vida. Tardé décadas en darme cuenta de lo mucho que dieron forma a ambos. Al igual que muchos europeos de clase media de su generación, mis padres –los primeros de sus familias en ir al instituto y que pasaron toda su vida adulta en el mismo lugar y nunca hablaron un segundo idioma– insistieron en que aprendiera inglés y viajara.

Mis padres encarnaron una distinción que el sociólogo Robert Merton hizo durante la década de 1950 al estudiar un pequeño pueblo de Estados Unidos. Los miembros influyentes del pueblo, descubrió, eran o "locales" o "cosmopolitas". La influencia de los locales se fundamentaba en sus fuertes vínculos con el pueblo y las relaciones dentro de él. La de los cosmopolitas en su conocimiento y experiencia. Si los locales no se podían imaginar una vida en otra parte, los cosmopolitas parecían estar siempre preparándose para ella. Ninguno, sin embargo, salía demasiado y el pueblo se beneficiaba de las contribuciones de ambos grupos. Eso fue entonces. A los cosmopolitas de mi generación se les instaba a ser más móviles.

Así que, cuando tuve 14 años de edad, me encontré a mí mismo viviendo y estudiando durante un mes con un reducido grupo de españoles, franceses y alemanes en un pequeño pueblo del norte de Inglaterra (Reino Unido). Fue la primera vez que me sentí en casa en un lugar que no me pertenecía. O, de manera más precisa, la primera vez que sentí pertenecer a un lugar del que no procedía. Así empecé a convertirme en europeo. Un par de años después, cuando cayó el muro de Berlín (Alemania), fue glorioso llegar a la adultez como europeo. Puede que la promesa del cosmopolitismo como una manera de mejorar la vida se encontrara en su cénit, pero parecía ser tan sólo el alba. Por un momento, realmente parecía como si estuviéramos poniendo fin a la historia, en las famosas palabras de Francis Fukuyama, anunciando el triunfo de la democracia liberal a nivel mundial.

El cosmopolitismo era sobre todo un proyecto humanístico, no uno económico

Por aquel entonces, las grandes ciudades de todo el mundo se estaban llenando de cosmopolitas de primera generación como yo. Huíamos de las visiones provincianas del mundo. Íbamos en tropel a lugares que prometían no colocarnos en nuestro sitio. Éramos curiosos invasores de los países de los demás, un ejército pacífico enviado a desmantelar el nacionalismo por personas más mayores a las que había hecho daño.

La generación de mis padres bendijo, aunque de forma ambivalente, nuestro cosmopolitismo porque suponía tano una póliza de seguros como una aspiración. Nacido de los escombros del nacionalismo, era sobre todo un proyecto humanístico, no uno económico. Hacía hincapié en  formar parte de una misma comunidad que tolerase las diferencias. El cosmopolitismo, se supone, debía permitir que nos diéramos cuenta de que la gente diferente a nosotros era humana, igual que nosotros, y reemplazar la superstición y la sospecha –los pilares del tribalismo– por la curiosidad y la compasión. Si estudiáramos, cenáramos y nos liáramos con personas de otros países, tendríamos menos probabilidades de bombardearnos mutuamente en el futuro. Cuando la Unión Europea recibió el Premio Nobel en 2012, sentí que mi madre y mi padre deberían recibir también un trozo de él y guardarlo junto al pedacito del muro de Berlín que yo había llevado a casa dos décadas antes.

Para entonces, estaba casado con una mujer que nació a unos 24 kilómetros de aquel primer pueblo inglés en el que viví. Nuestros padres no compartían el mismo idioma, pero sí tenían valores similares. Enseñábamos en una institución educativa que ayuda a la gente a desarrollar una vida profesional en el extranjero. Nuestros hijos daban respuestas complicadas a la sencilla pregunta "¿De dónde sois?"; se sentían en casa en un país en el que ninguno de los dos habíamos crecido. También éramos conscientes ya del escepticismo y la hostilidad que despertaba nuestro estilo de vida. Algo que, durante los últimos años, no ha hecho más que aumentar.

Tras haber dedicado mi vida a intentar convertirme en un educado cosmopolita, ahora temo que mi generación ha fracasado en el cosmopolitismo, o, peor aún, que nosotros hemos fallado al cosmopolitismo.

La infantería de la globalización

La animosidad entre locales y cosmopolitas no es ninguna novedad. Ha dado forma a la civilización occidental desde la antigua Grecia. Hasta la época de Merton, sin embargo, los locales y los cosmopolitas seguían formando una extraña pareja. Ahora, por el contrario, parece que se han divorciado, exacerbado sus diferencias y convertidos cada uno locales en sus propias tribus, una nacionalista y otra global. Sí, los cosmopolitas también han formado su propia tribu. Una tribu de gente no apta para el tribalismo, escribí una vez. Una tribu inclusiva y dispersa –si es que existe tal cosa– conectada por planes de datos móviles internacionales ilimitados y vuelos baratos. Pero una tribu al fin y al cabo. Nos apropiamos de grandes ciudades y colonizamos enclaves tolerantes como cafeterías, universidades y, sobre todo, empresas multinacionales que nos permiten ganarnos la vida mientras nos desplazamos de un lado a otro.

Dejamos de recibir órdenes de John Lennon y empezamos a seguirlas de Jack Welch

Aunque su origen fue político, el cosmopolitismo nos volvió no aptos para un gobierno nacional. Nuestras vidas eran demasiado móviles, nuestras alianzas demasiado confusas, nuestra relación con el Estado demasiado ambivalente como para ser unos abanderados fidedignos. Una actitud cosmopolita implica sospechar de personas y políticos demasiado vinculados con estados nacionales, y nos hace parecerles sospechosos a su vez. Pero si la política no podía apresarnos, el mundo empresarial nos tendió la trampa.

Cuando despegó la globalización, estábamos preparados. Disponíamos de la mentalidad y las habilidades necesarias para lidiar con y, seamos sinceros, lucrarnos de la apertura de nuevos mercados globales. El entusiasmo cosmopolita se redirigió desde un proyecto humanístico a uno económico. Dejamos de recibir órdenes de John Lennon y empezamos a seguirlas de Jack Welch, quien dirigió General Electric desde 1981 hasta 2001. Si a la mayoría de los líderes políticos les resultaba difícil imaginarse la ausencia de países, para los líderes empresariales parecía resultarles casi demasiado fácil. Por tanto, nos convertimos en la infantería de la globalización. Nos dispusimos a convertir el mundo en una de nuestras ciudades. Visto en retrospectiva, no sólo nos excedimos. Fue una traición a la propia esencia del cosmopolitismo: ser ciudadano de un mundo diverso.

La ola de nacionalismo que recorre el planeta se ha presentado como un rechazo y una reacción frente a la globalización. Algunos analistas se centran en la devastación económica que ha supuesto la globalización para las clases medias occidentales. Otros se centran en la amenaza que representa para las jerarquías locales y sus formas de ver la vida. Visto de esa manera, el nacionalismo es una herramienta sin filo para los afectados por los golpes culturales y económicos de la globalización. Un cuchillo romo que, hay que señalarlo, resulta familiar para el tipo de masculinidad provinciana que ha ostentado el poder durante siglos; la misma que se siente molesta y amenazada por cómo un mundo cambiante amenaza su estatus local.

¿Qué se puede hacer?

¿Dónde deja eso a los cosmopolitas? Atrapados entre la exhortación a empatizar con nacionalistas, el sentimiento de culpabilidad por haberlos dejado atrás y la tentación de doblar la apuesta por la globalización y construir ciudades-estados de facto por comodidad y miedo.

Personalmente, no me falta empatía para los nacionalistas enfadados. Cuento muchos entre mi familia y amigos. Lo que me falta es simpatía para sus prejuicios y su fe en los beneficios económicos del aislacionismo. De forma similar, tengo poca simpatía para el evangelio y aislacionismo de preocupados globalistas, muchos de los cuales también cuento entre mi familia y amigos.

Pero debido a de donde vengo y a donde he llegado, me resulta difícil escoger un bando. Elegir uno, si es que se puede llegar a hacer, no hará ningún bien a nadie. Las tribus rara vez coexisten pacíficamente y nunca durante mucho tiempo. Además, elegir una tribu sería descartar el cosmopolitismo justo cuando más lo necesitamos.

A pesar de que pueden parecer similares, el cosmopolitismo no es lo mismo que la globalización. Uno es una frágil actitud personal, y la otra una implacable fuerza socioeconómica. Uno busca humanizar lo diferente, la otra homogeneizarlo. Uno celebra la curiosidad, la otra la conveniencia. (La curiosidad a menudo es inconveniente). Uno se adapta, la otra se expande sin contemplación. Uno es fácil de perder, la otra difícil de parar. El nacionalismo y la globalización son más similares entre sí que el cosmopolitismo en ese sentido. El cosmopolitismo es lo que nos podría ayudar a contrarrestar el nacionalismo y humanizar la globalización para que sea un vehículo de libertad y oportunidad para la mayoría, no sólo para unos pocos privilegiados.

Sin embargo, una tribu cosmopolita, preocupada con proteger avances culturales y ventajas económicas ganados con mucho esfuerzo, sólo empeoraría las cosas. No existe ningún botón de deshacer para la globalización ni un muro lo suficientemente alto para mantenerla alejada. Pero el reto de humanizar la globalización es más urgente que nunca; y es un reto tanto cultural como económico. Hacerlo requiere doblar la apuesta por el cosmopolitismo, recobrar sus raíces humanísticas y reconocer que su promesa aún dista mucho de cumplirse. Queda trabajo por hacer.

Convertir el cosmopolitismo en algo bueno de nuevo

Una mañana de noviembre del año pasado, acabé preguntando a mi madre sobre su infancia durante la guerra. La noche anterior, un ataque terrorista había devastado un barrio comercial de París (Francia), no muy lejos de donde vivo. Viendo las noticias, supe que el equipo de fútbol nacional de Alemania no había podido abandonar el estadio donde jugaba en París cuando atacaron los terroristas. El equipo francés, en un gesto de solidaridad, también pasó la noche en los vestuarios.

No existe ningún botón de deshacer para la globalización

Por algún motivo, esa imagen se me quedó grabada. Cuando mi madre llamó para preguntar si estábamos bien, le pregunté si podría haberse imaginado tal camaradería entre deportistas franceses y alemanes cuando era niña. "Claro que no", contestó. "Ni podría haberme imaginado las libertades de las que has disfrutado tú durante décadas, ni tu estilo de vida".

Rara vez me había parecido atrevida mi madre, pero sí en aquel momento. Su generación se atrevió a soñar lo inimaginable para la mía y nos colocó en el camino para convertirlo en una realidad.

También se me ocurrió que, en muchos sentidos, nuestros enclaves cosmopolitas se parecen a aquellos vestuarios de París. Les llevó a buenas personas la mayor parte de un siglo construirlas. Las perderemos si nos limitamos a protegerlas. Si las consideramos como unas burbujas seguras y no tenemos el valor de aventurarnos a salir de ellas y construir muchos más, pero también más fáciles de entrar, justos y espaciosos. 

En resumidas cuentas, en lugar de ser simplemente acogedores, las personas cosmopolitas tienen que seguir intentando acercarse a los demás. Ser acogedor sin aproximarse, o esperar ser bienvenido siempre, es lo que hace un cosmopolita cuando se vuelve vago o siente con derecho a todo. Ha llegado la hora de cambiarlo.

El cosmopolitismo florece fuera de las burbujas. Cuando se confina en una, muere. Y si permitimos que el cosmopolitismo se convierta en una víctima del conflicto entre el nacionalismo y la globalización, habremos traicionado los sueños y desperdiciado el trabajo de dos generaciones. Nuestra humanidad, si no la humanidad –nuestros mundos, si no el mundo– están en juego.