En su último libro, el economista y profesor de la Universidad George Mason (EEUU) Tyler Cowen escribió sobre cómo la inteligencia de máquinas y la automatización podrían cambiar el mundo. En su nuevo libro, The Complacent Class (La clase complaciente), Cowen escribe sobre las fuerzas que impiden que se produzcan cambios. En concreto, el economista, que también escribe en el conocido blog Marginal Revolutionsostiene que Estados Unidos se ha vuelto más adverso al cambio durante las últimas décadas y que esto ha transformado el trabajo, el ocio y los barrios del país.

Le pedí a Cowen que explicara su tesis y lo que significa para las empresas, el trabajo e incluso la política estadounidense. La conversación ha sido editada con fines de claridad y concisión.

HBR: En el libro, usted escribe: "Los estadounidenses están de hecho trabajando mucho más duro que antes para posponer el cambio o evitarlo por completo". ¿Podría dar algunos ejemplos de eso?

Cowen: Luchar contra el cambio dentro de una comunidad, como asegurarse de que no suceda nada en la zona que pueda reducir el valor de la vivienda. Asegurarse de que un subsidio o bonificación social no se reduzca. En general, atrincherarse en el intento de que el barrio sea lo más seguro posible. Aplicar el principio de precaución a la mayoría de las innovaciones que llegan a la sociedad. Todas son maneras de trabajar para defender el statu quo.

Y aun así, con la elección de Trump, creo que la disrupción política está ocurriendo antes de lo que muchos se esperaban. Lo predije en el libro, pero ¡no predije que fuera a ser antes de publicarse! Estamos observando una respuesta frente a ello en términos de manifestaciones y movimientos sociales. Creo que tenemos una oportunidad de recuperar parte del movimiento de la década de 1960, pero con redes sociales para acelerarlo todo. Será un experimento muy interesante, pero también bastante terrorífico. Veo la década de 1960 [la de la contracultura y movimientos por los derechos civiles] como una era muy importante e instructiva para nosotros ahora mismo.

¿Existen partes específicas de la sociedad donde observa la representación de lo que llama la "clase complaciente"?

Creo que existen varias capas de la clase complaciente en este país. Si eres parte de la élite educada, ya te encuentras en una posición muy cómoda y, en esencia, simplemente tienes que evitar perder lo que tienes. Si eres de clase media-baja, tal vez la vida sea más dura y hayas experimentado en cierta medida el estancamiento de los salarios. Podría sonar como si esa gente no fuera complaciente, pero si la comparamos con momentos anteriores de la historia estadounidense –la década de 1930, la Guerra Civil, o la década de 1960–, la voluntad de las personas de simplemente mantener las cosas como están, mejorar la calidad del ocio y después proseguir con sus vidas y no movilizarse en pos de un cambio muy urgente es más alta que antes. Se produce incluso en gente que uno no creería que fuese, ni que debería ser, complaciente. Resulta que las personas al final se conforman muy a menudo con el statu quo.  

Todo esto está pasando en un momento en el que observamos muchos cambios tecnológicos, especialmente en las tecnologías de la información y el aprendizaje de máquinas, y, potencialmente, la inteligencia artificial. ¿Cómo encajan esos procesos con su tesis?

Bueno, están ocurriendo muchos cambios, pero se concentran en algunas áreas. Piensa en la noción clásica del progreso durante el siglo XX: lo rápido que uno puede desplazarse por el espacio físico. Eso no se ha acelerado desde hace mucho tiempo. Los aviones no son más rápidos. Con los coches, hay más tráfico. En realidad es más difícil desplazarse, y eso hace que el mundo físico sea menos dinámico. Resulta más difícil construir cosas en Estados Unidos.

Lo que resulta mucho más fácil hacer ahora es quedarse sentado en casa y esperar que la vida te llegue a ti. Hablas con Alexa o Echo [los asistentes virtuales de Amazon], y así encargas cosas. Utilizas internet. Ves Netflix. Estos avances nos han convertido a todos en más caseros, en más hogareños. Nos hacen sentir que no tenemos que cambiar las cosas, que estamos cómodos dentro de nuestros patrones de consumo. Obviamente eso conlleva grandes beneficios privados. Si no la gente no lo haría. Pero también existe un efecto colectivo que me resulta preocupante cuando el espacio que nos rodea se vuelve menos dinámico, menos móvil, se mezcla menos. Y ese es el Estados Unidos que vemos hoy.

Su libro habla mucho sobre clasificar y segregar. Explíquenos cómo esta complacencia, y la clasificación y la segregación que la impulsan, ha dado forma a nuestro trabajo y vida profesional.

Las personas tienen hoy mucha más capacidad de emparejarse con otras personas parecidas, con personas como ellas. Los demócratas tienen muchas más probabilidades de vivir entre demócratas que antes. Hay más oposición a los matrimonios entre seguidores de partidos políticos distintos que entre personas de diferente raza, al menos si encuestas a la gente.

Pero yo creo que la noción más importante es una segregación física generalizada en función del nivel de ingresos. La gente rica vive con otra gente rica. La gente no tan rica tiende a vivir junta. Hay menos barrios económicamente diversos. Y sabemos por la investigación de Raj Chetty que los barrios mixtos son muy buenos para la movilidad económica y social. Sin embargo, los estamos perdiendo rápidamente a medida que las áreas se gentrifican o aburguesan. Y junto con eso, hay una especie de efecto secundario –en muchas partes del país, aunque no en todas– de una mayor segregación racial. En los colegios a menudo existe una mayor segregación racial, que no está motivada por el racismo en general, sino por las diferencias de ingresos y riqueza de las familias. Creo que eso también es bastante dañino.

Hemos visto también algunos de esos patrones en la forma en que se estructuran las industrias y las empresas. Usted habla un poco sobre ello en el libro: una especie de divergencia entre el destino de las empresas y el de los trabajadores.

Sí, hemos visto el auge de lo que se llama la "superempresa". Google, Facebook y Apple son los ejemplos más claros. Empresas que simplemente son mucho, mucho más productivas que sus rivales y hasta innovan en un gran abanico de áreas. Sin embargo, son relativamente pocas. Han sido muy creativas, pero ahora una persona o tiende a ser un trabajador bien posicionado en una empresa muy buena, de modo que invierten en él y tiene una buena carrera por delante, o tiene un trabajo que se acaba convirtiendo en un producto masivo y bastante alejado de las superempresas, lo que también facilita que pueda experimentar alguna forma de estancamiento de ingresos. Esta diferencia se ha vuelto cada vez más grande con el paso del tiempo.

Otro ejemplo que yo señalaría para pensar en cómo funciona el emparejamiento es el mercado e industria musical. Antes, no hace tanto realmente, la mayor parte de la música que consumía y compraba la gente era música nueva. Gran parte de ella era una basura, pero parte de ella era genial. Hoy, uno primero se empareja con iTunes, y después con Spotify, Pandora y YouTube: puede escuchar en cualquier momento determinado exactamente lo que quiere escuchar y que más se ajuste a su estado de ánimo. Y eso es maravilloso para un oyente, pero el resultado final es que la gente dedica mucho más tiempo a música más antigua que ya conoce. Reducimos el flujo de creatividad que generamos para futuros oyentes. Es otro ejemplo de por qué el emparejamiento puede ser bueno para el individuo, pero malo para la innovación en una sociedad más amplia.

¿Qué cree que pasará con la inteligencia artificial (IA)? ¿Nos empujará a tomarnos el cambio en serio y querer más de ella? O, por el contrario, ¿provocará una reacción negativa?

La IA tendrá un gran impacto, pero llevará mucho tiempo. Y uno de los mayores problemas somos nosotros. Consideremos los coches, camiones y otros vehículos autónomos. Sabemos que pueden funcionar, pero en términos del marco legal y regulatorio, pasarán décadas, creo, antes de que promulguemos suficientes leyes como para que revolucionen nuestras vidas.

Realmente, el efecto a corto plazo será enviar a muchos camioneros al paro antes de que se puedan crear nuevos empleos para esas personas.

¿Cuánto cree que casan los pros y contras del dinamismo? ¿Podremos avanzar hacia un mundo en el que tengamos más y más de lo bueno sin lo malo?

He hecho hincapié en que los beneficios sociales del dinamismo tienen muchas probabilidades de ser positivos. Los vehículos sin conductor son un ejemplo entre muchos. Pero el retorno privado a corto plazo para la mayoría de las personas parecerán negativos. Asistiremos a la desaparición de puestos de trabajo y tendremos que aprender a controlar nuevas tecnologías. Habrá importantes costes de adaptación y transición. Disponer de vehículos autónomos antes de la infraestructura para que esos vehículos realmente tengan sentido resultará muy complicado. Solo piensa en lo difícil que es mejorar las infraestructuras hoy en día, en cosas sencillas como arreglar un bache o construir un puente.

Creo que es un proceso que realmente nos conviene más acelerar, como se hizo durante gran parte del siglo XX. [En su lugar, lo estamos haciendo] mucho más doloroso, y solo es para proteger nuestras propias posiciones personales.

¿Qué supone su tesis de la clase complaciente para la política estadounidense de aquí en adelante?

Si piensas en el presupuesto federal, nos hemos desplazado desde una situación en la que alrededor del 20 % se decidía por adelantado, digamos a principios de la década de 1960, a otra en la que alrededor del 80 % del presupuesto se dedica y bloquea para, en esencia, ayudas sociales. No digo que todas, ni siquiera alguna, de esas ayudas sean malas. Esa es otra pregunta distinta. Pero en términos de la libertad que tiene el Gobierno federal para invertir dinero en proyectos e ideas nuevas como su próximo disparo a la luna, no vivimos en el mismo mundo que antes. Nuestro Gobierno básicamente está jugando a la defensiva al intentar cubrir todos los gastos que siente que debería reducir en lugar de construir un futuro. Casi todo el dinero se destina a ayudar a la gente a proteger algo que ya tiene. Odiamos las pérdidas, nos disgusta el riesgo. Mi preferencia sería hacer mucho menos de eso, pero, si soy realista, no veo ninguna posibilidad de que ocurra.