A medida que nos hacemos mayores, resulta cada vez más difícil recordar cómo era estar en los veinte. No lo que aparenta en las despreocupadas fotos de Instagram y los viejos álbumes de fotos (¿se acuerda de ellos?), sino cómo nos sentíamos realmente durante esa aquellos años.

En concreto, estar en los veinte a menudo resulta confuso y solitario, como indicaron dos estudios independientes publicados este año. Cuando los jóvenes adultos consiguen su primer trabajo y se mudan a sus propios pisos, echan a volar solos, normalmente por primera vez. Además, mientras intentan asentar su posición como adultos, su entorno les envía mensajes contradictorios: independientemente de sus logros profesionales o personales, el resto les sigue considerando "unos niños", sobre todo antes de casarse y tener hijos.

Este prolongado ínterin provoca mucha ansiedad y algunos estudios sugieren que los jóvenes de hoy sufren más que las generaciones anteriores. Por ejemplo, la edad media para el inicio de la depresión ha caído desde finales de la cuarentena o principios de la cincuentena, donde se encontraba hace 30 años, hasta mediados de la veintena; y se espera que siga reduciéndose. Los psicólogos no están seguros de por qué; probablemente será una combinación de factores.

Causas al margen, la crisis del cuarto de siglo o cuarto de vida suele abarcar varios años e incluye cuatro fases típicas. Empieza con la sensación de encontrarse atrapado por un compromiso profesional o personal: la gente acepta trabajos, alquila viviendas y emprende relaciones amorosas, pero después se siente atrapada en una "edad adulta de palo".

Entonces, en algún momento las personas dejan a sus parejas, sus trabajos o grupos sociales, se distancian y les invade la soledad. Pasan la peor parte de la crisis reflexionando y recalibrando sus planes, solos y aislados, hasta que por fin salen a explorar nuevos hobbies, intereses y grupos sociales. Logran superar la crisis y estar más felices y motivadas, con una mayor sensación de claridad. Este proceso puede durar años o repetirse. Es un proceso doloroso, pero también representa una enorme oportunidad de crecimiento porque puede generar individuos motivados para luchar por unas vidas más completas.

En Happify, nuestro equipo de científicos de datos examinó varios indicadores fisiológicos de unas 88.000 personas que se habían unido a nuestro servicio en 2015. Encontramos pruebas tanto de la importancia de la crisis del cuarto de vida como del aumento del bienestar posterior. Al estudiar primero las autoevaluaciones de los factores de estrés, encontramos que la gente experimenta un notable incremento del nivel de estrés durante finales de la veintena y principios de la treintena. Los niveles de estés aumentan de forma más pausada durante la treintena y la cuarentena, siguen constantes durante unos 20 años y después caen en picado con la jubilación.

Pero, aunque el estrés sigue aumentando durante la treintena y la cuarentena, la respuesta emocional de las personas disminuye. La mayoría de las personas empiezan a experimentar un aumento de las emociones positivas con el inicio de la treintena; y varios años después también experimentan una importante mejora en la satisfacción general con sus vidas. Este proceso positivo empieza después de la crisis de cuarto de siglo y continúa a mediad que la gente encuentra nuevas maneras de lidiar con los factores de estrés interpersonales, profesionales y familiares. Finales de la veintena y principios de la treintena, por tanto, representan la peor época de la vida. Durante estos años la gente experimenta los pensamientos y sentimientos más negativos así como el mayor nivel de divagación mental, un estado psicológico que se ha demostrado perjudica el bienestar.

El cambio que se produce tras la crisis de los veinticinco se puede atribuir a un conjunto de habilidades que adquirimos: mejorarmos nuestro control psicológico y aprendemos a regular y atenuar nuestras emociones, a desplazarlas en lugar de permitir que tomen el control. Al madurar, aprendemos a ver las cosas con perspectiva, a creer más en nosotros mismos y darnos cuenta de que ciertas emociones que a veces te atraviesan el pecho son efímeras y no tienen por qué consumirnos. La maduración psicológica es un proceso positivo en el que más mayor significa mejor. Eso debería tranquilizar a los veinteañeros que hoy estén estresados o perdidos, y ayudar a sus mayores a recordar cómo era –realmente– ser joven.