Algo increíble sucedió hace un par de meses en Reino Unido, aunque sobre todo pasó desapercibido. El diario inclinado a la izquierda The Guardian y el liberal Financial Times publicaron dos artículos de opinión que, con unos pocos días de diferencia, versaban sobre el mismo tema y presentaban más o menos el mismo argumento: el último incremento de la desigualdad en la renta se debe en parte al aumento de los "beneficios monopolísticos", especialmente los del sector tecnológico.

¿Significa esto el fin de la polarización política? ¿Es un presagio del apocalipsis? Probablemente ni lo uno ni lo otro.

Sin embargo, sí que deberían estar sonando las alarmas para los multimillonarios tecnológicos que han sufrido una racha de mala prensa. El esfuerzo de Apple para proteger la privacidad de sus clientes parecía primero una amenaza para la seguridad pública y después, casi sin preverlo, reveló lo vulnerables que eran realmente sus dispositivos.

Poco después, la protesta generalizada sobre el supuesto sesgo político del algoritmo de noticias de Facebook dio paso a modificaciones apresuradas y un encuentro entre el CEO de la compañía, Mark Zuckerberg, y los grupos políticos afectados.

Y por encima de todos, los medios de comunicación revelaron que el multimillonario tecnológico Peter Thiel, cofundador de PayPal y director de un fondo de inversión, intentó en secreto forzar la quiebra del portal de noticias Gawker.com -cuyo lema es "Los cotilleos de hoy son las noticias de mañana"-. Es una iniciativa que habría enorgullecido a los oligarcas rusos más oscuros.

Estos problemas son, hasta cierto punto, idiosincrásicos, pero existe un problema estructural mayor. Y ese problema, que no desaparecerá y sólo irá a más, es que muchos negocios tecnológicos son, dada la economía de sus industrias, "monopolios naturales". En otras palabras, en gran parte de los mercados tecnológicos una única empresa tiende a dominar porque las ventajas económicas de ser grande (normalmente contar con un gran número de usuarios) pesan más que otras ventajas o desventajas competitivas.

Por desgracia para los multimillonarios tecnológicos cuyas fortunas son fruto de esa situación, los monopolios naturales de propiedad privada (y sus propietarios) se convertirán casi inevitablemente en enemigos públicos.

Para entender por qué, repasaemos el destino de los llamados "barones ladrones" (como Andrew Carnegie, Pierpont Morgan y John D. Rockefeller) de Estados Unidos a comienzos del siglo XX.

La primera fase del contragolpe político contra los barones ladrones comenzó cuando estos empezaron experimentar un verdadero dominio de la economía. Líderes políticos y medios de comunicación comenzaron entonces a criticar lo que consideraban una riqueza y poder excesivos.

Por ejemplo, el propio término "barones ladrones", una referencia peyorativa a los barones alemanes que cobraban peajes por el transporte de mercancías a través del río Rin, se acuñó en 1859 cuando los titanes industriales de Estados Unidos, liderados por Cornelius Vanderbilt, consolidaron su control sobre las redes de transporte de Estados Unidos, especialmente la red ferroviaria.

En 1866, el New York Times escribió sobre Vanderbilt, quien había logrado hacerse con el control de todas las líneas de ferrocarril que entraban a la ciudad de Nueva York (EEUU), "ya empezamos a sentir la primera molienda [...] de la venidera tiranía de los capitalistas [...] Cada medio público de transporte se encuentra en manos de los tiranos de la sociedad moderna".

La segunda fase de las reacción política la lideraron los economistas. Nuevas teorías e investigaciones revelaron las causas y consecuencias de estos barones, capitalistas, ladrones.

De hecho, el término "monopolio natural" fue acuñado en 1887, durante una ponencia del economista Henry C. Adams durante la reunión inaugural de la Asociación Estadounidense de Economía. Adams presentó nuevas teorías que explicaban cómo los ferrocarriles se convirtieron en monopolios privados permanentes.

Aunque su teoría era algo simplista para los estándares de hoy, su trabajo proporcionó munición a todos aquellos que reclamaban la intervención del gobierno.

De allí que la tercera fase del contragolpe fuera, inevitablemente, la regulación. Se elaboraron leyes antimonopolio. Pero los gobiernos fueron más reacios para disolverlos. Hacerlo representaba lo que hoy podríamos denominar la "opción nuclear", con un gran impacto tanto para industrias como inversores. Por eso los gobiernos tendieron primero por la supervisión regualatoria como solución para los monopolios.

Por su parte, los barones ladrones, sorprendentemente, acogieron de buen grado este control. A veces incluso lo solicitaban ellos mismos quizá con la esperanza de que aliviara la creciente presión política.

El director de U.S. Steel (que en ese momento controlaba más del 60% de la producción de acero en Estados Unidos), Elbert Gary, lo expresó así: "Me alegraría mucho si tuviéramos un lugar al que pudiéramos acudir, una autoridad gubernamental responsable, y decir, 'aquí están nuestros datos y cifras, aquí están nuestros activos, aquí está nuestro coste de producción; ahora díganos qué tenemos derecho a hacer y qué precios tenemos derecho a cobrar'".

Yendo aún más lejos, uno de los financieros de U.S. Steel argumentó que el capitalismo monopolista bien regulado sería un "socialismo del más alto nivel posible"; una prueba del clima político de la época.

Pero esa predisposición no impidió la cuarta y última fase del contragolpe: la disolución o la nacionalización. Al final, la supervisión resultó poco eficaz. Los monopolios privados siguieron generando beneficios enormes y dominando sus industrias. Algunos negocios, incluido U.S. Steel, fueron disueltos por las autoridades antimonopolio; otros, como Amtrak (el monopolio estadounidense de ferrocarriles de pasajeros de larga distancia) fueron nacionalizados.

Por supuesto, llevó un tiempo completar estas cuatro fases. Los ataques políticos a los  barones ladrones empezaron hacia mediados del siglo XIX y se intensificaron a medida que las investigaciones económicas proporcionaron argumentos y recursos a sus contrarios durante las décadas de 1880 y 1890. La supervisión regulatoria se puso de moda a principios del siglo XX. Las disoluciones y nacionalizaciones comenzaron en serio durante la década de 1920, pero la disolución de U.S. Steel duró hasta la década de 1930, casi 40 años después de las primera fase de las reacciones.

En nuestra época, la oposición a los multimillonarios de internet ha, en la mayoría de los casos, llegado a la segunda fase. Han empezado los ataques políticos, sobre todo en Europa aunque Donald Trump también ha hecho comentarios sobre el "problema antimonopolio" de Amazon.

Las investigación económica también ha seguido. Algunos de los trabajos más potentes políticamente y que vinculan los beneficios de los monopolios con la desigualdad son obra del Consejo Presidencial de Asesores Economicos de Estados Unidos. Sin embargo,hasta ahora, las investigaciones han adquirido mayor notoriedad en Europa, donde la próxima fase, la supervisión regulatoria, ha avanzado mucho durante el último año.

Este año, Google y Facebook realizaron grandes pagos de impuestos arbitrarios al Gobierno de Reino Unido por encima de sus obligaciones legales. Al igual que U.S. Steel, pidieron a las autoridades gubernamentales cuánto deberían pagar para aliviar la presión política, y se les proporcionó (o se negoció) una cifra.

Además, la UE ha emprendido investigaciones antimonopolio, sobre todo contra Google. Aunque participan autoridades antimonopolio, aún no representa la cuarta fase; en lugar de disoluciones, estos procedimientos con casi total seguridad generarán más multas y regulaciones.

Por tanto, ¿cuáles son las posibilidades de que la cuarta y última fase –la disolución o nacionalización de los monopolios– se produzca? De momento, resulta difícil imaginar tales medidas en el sector tecnológico que sigue, al menos en Estados Unidos, considerado un motor de innovación.

Pero esta fase final se producirá casi seguro. La historia de los barones ladrones de Estados Unidos hace que sea ingenuo esperar que suceda de otra manera.