"Realmente nunca me he identificado ni con este grupo ni con esta cultura en absoluto", arrancó un asistente a una de las sesiones de desarrollo del liderazgo que dirigí recientemente. Estaba de pie en un grupo de compañeros, todos hombres, para hablar de cómo es ser hombre hoy en día. "Realmente no me gusta competir por ascender, levantar la voz, la falsa alegría", explicó. El ejecutivo que tenía delante –un exmilitar de casi dos metros de altura– parecía atónito. "Eso es lo único que nos han enseñado a hacer", dijo. "Asumir una posición y mantenerla".

La variedad de estilos entre estos hombres era amplia, pero su torpeza a la hora de intentar explorarla era común. Les costaba mirarse entre ellos, escuchar, preguntar. Visualmente, podías comprobar cómo luchaban por unirse en un simple círculo. Incluso -no pude evitar fijarme- todos tenían un aspecto increíblemente parecido: la mayoría de ellos llevaba camisas azules casi idénticas.

Al lado, un grupo de mujeres –que también se habían conocido esa mañana– no experimentó tantas dificultades. De forma instantánea, habían juntado las cabezas en un círculo estrecho. Les escuchaba reírse y profundizar en el tema con gusto. Me recordó a las investigaciones de la Universidad de Carnegie Mellon (EEUU), el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, EEUU) y la Universidad Unión (EEUU), que encontraron que los equipos con más mujeres suelen rendir mejor. En unos estudios de seguimiento, los investigadores concluyeron que esto se debe a que las mujeres interpretan mejor las emociones de sus compañeros de trabajo, una de las características de los equipos con mejor rendimiento. Las mujeres con las que hablaban podrían ser las mismas de esas investigaciones: se sentían muy cómodas expresando sus diferencias, con un amplio espectro de comportamientos, estilos y maneras de comunicarse.

Como experta en temas de género, para mí es fascinante observar tres tendencias que coinciden en el tiempo: el impulso del progreso continuo de la mujer, el auge de las identidades de género y la crisis de la masculinidad. Aunque a menudo parecen debates independientes, cada uno con sus propios partidarios y detractores, están claramente relacionados. En el centro del diagrama de Venn está la reacción frente a la rigidez de la masculinidad tradicional.

El entorno ha cambiado...

Las mujeres de hoy continúan su exitosa lucha por lograr un mundo más igualitario. Forman la mayor parte de las personas con educación superior en casi todos los países del mundo y a pesar de que la brecha salarial se mantiene en los puestos más altos, las mujeres jóvenes empiezan a ganar más que los hombres de la misma edad. El permiso de maternidad remunerado es ahora la norma en cada país desarrollado salvo Estados Unidos.

Al mismo tiempo, en el mundo cada vez hay más debates acerca de las identidades de género mientras nuevos pronombres y formas de usarlos se abren paso en nuestro vocabulario. Facebook permite a los usuarios identificarse como uno de los 51 géneros distintos que incluye. Es un rechazo claro del mundo azul y rosa en el que a algunas empresas (por no decir a algunos políticos) les encantaría que nos quedásemos atrapados. La pasada explosión de actividad tuitera por la polémica sobre tapones para los oídos rosas y azules fue sólo el último ejemplo de una profunda frustración con unos estereotipos lucrativos.

Mientras tanto, las noticias sobre los hombres son preocupantes. El diseño de la educación primaria y el predominio de profesorado femenino están alterando el rendimiento escolar de los niños. Los adolescentes tienen una tasa de suicidio cuatro veces mayor que las adolescentes. Los hombres jóvenes ahora representan una minoría cada vez menor en la educación superior. Y mientras que los hombres aún ganan más que las mujeres de media, parte de la razón por la que la brecha salarial ha disminuido en los últimos años es que los sueldos de los hombres han bajado.

…pero, ¿y los hombres?

Aquí es donde nos encontramos hoy: las mujeres han dedicado el último siglo a ampliar y expandir la definición de "femenino" en casi todos los países del planeta. Durante el último medio siglo la comunidad LGTB se ha involucrado a sí misma y al resto del mundo en una gran conversación sobre lo que significa vivir fuera de los estereotipos de género. Sin embargo, y a pesar de décadas de debate y reflexión, para un hombre cisgénero el significado de "ser hombre" sigue siendo bastante limitado.

Han cambiado muchísimas cosas para los hombres, pero muchos de ellos no tienen con quién hablarlo. Como escribió la socióloga Lisa Wase en Salon en un resumen de una investigación, los hombres heterosexuales mantienen menos amistades que otros grupos. "Además", escribe, "las amistades que sí mantienen, si son con otros hombres, proporcionan menos apoyo emocional, sinceridad y confianza que otros tipos de amistad". Según los investigadores, los hombres anhelaban mantener relaciones emocionalmente íntimas tanto como las mujeres; simplemente tenían menos probabilidades de lograrlas. Para los hombres que tenían en quien confiar, "tres cuartas partes del tiempo era una mujer, con una alta probabilidad de que fuera su mujer o novia". Es difícil entenderse con la gente y descifrar las emociones de los compañeros de trabajo si a uno se le ha enseñado a reprimir las propias.

En las palabras del experto en masculinidad Michael Kimmel, todavía se espera de los hombres (o así lo percibe el grupo del ejemplo del principio) que sean altos, fuertes y parcos en palabras; como una roca sagrada. La ira, por supuesto, es diferente. Como escribió el investigador Andrew Reiner de la Universidad de Towson (EEUU) en el New York Times, "a los niños se les enseña, a veces con las mejores intenciones, a convertir su sufrimiento emocional en ira".

Las oficinas a menudo perpetúan las rígidas estructuras de la masculinidad. Mientras que el sesgo de genéro y los sistemas inflexibles todavía reprimen a las madres trabajadoras, algunas investigaciones sostienen que los padres que piden tiempo libre para cuidar de sus familias pueden ser castigados incluso más duramente en el trabajo. Hasta una ausencia breve puede provocar peores evaluaciones y menos reconocimiento, algo que no sucede cuando los hombres solicitan permisos por motivos mucho más "machos" como irse de vacaciones o entrenar para un maratón. Tal vez eso ayude a explicar por qué este año en Reino Unido sólo el 1% de los padres aprovechó una nueva política de permiso de paternidad.

Hasta que podamos mantener una conversación inclusiva –con todos, incluidos los hombres– sobre los roles, las expectativas y los estereotipos de género existentes estamos condenados a seguir encerrados en ellos. Hablar sobre género en un grupo de personas afines en cuerpo y mente no cambiará nada, incluso aunque parezca lo contrario al principio. En un mundo equilibrado en términos de género, ser líder, mánager y empleado requiere nuevas habilidades y formas de adaptarse como también lo implica ser padre, esposo, amante e hijo en nuestras vidas personales. Son debates muy necesarios, pero que aún no se han producido.

Aunque los hombres pueden observar la estructura del poder actual y comprobar (tal vez de forma reconfortante) que sigue dominado por su propio género, deben echar un vistazo a sus aulas, hogares y negocios y ver una realidad que está cambiando ante sus propios ojos. Ahora que las mujeres han demostrado que los humanos pueden recorrer todo el espectro de roles tradicionalmente masculinos o femeninos, ¿podemos permitirles esa misma libertad a los hombres? ¿Se lo podrán permitir entre ellos?