Donald Trump basó su campaña electoral en la promesa de dirigir el Gobierno de Estados Unidos como si fuera un negocio, como si fuera una de sus empresas. De hecho, el ya presidente anunció hace unas semanas que su yerno Jared Kushner liderará un "equipo SWAT" dedicado a convertir su promesa en una realidad. 

Trump presupone, al igual que muchos estadounidenses, que el principal problema de su país es la intervención excesiva del Gobierno. En mi opinión, Estados Unidos no sufre tanto de "demasiado gobierno" como de demasiados negocios en el Gobierno. Este presidente ocupó el puesto para desafiar al establishment, para instalar a la poderosa clase dirigente de los negocios en su gabinete a expensas de la clase dirigente política más débil de Washington. 

¿Debería un gobierno realmente dirigirse como una empresa? ¿Debería estar dirigido por personas del mundo de los negocios? No, del mismo modo que una empresa no debería dirigirse como si fuera un gobierno con funcionarios. Cada uno en su lugar, gracias. Los gobiernos reciben todo tipo de presiones que no pueden ni imaginarse dentro de algunas empresas, especialmente en las del tipo que dirige Trump.

Considere lo siguiente: los negocios tienen una medida cómoda a la que atenerse llamada "beneficios". ¿Pero cuál sería la línea de fondo para el terrorismo? ¿El número de países en una lista? ¿De inmigrantes deportados y muros construidos? ¿El número de ataques que no se producen? Muchas actividades se ubican en el sector público precisamente por la complejidad de sus implicaciones, por la dificultad de medir sus resultados.

Una y otra vez se han intentado dirigir gobiernos como empresas solo para fracasar una y otra vez. Durante la década de 1960, Robert McNamara introdujo el Sistema de Planificación-Programación-Presupuestación como la "mejor y única manera" de gestionar un gobierno al modo de los negocios. La medición obsesiva dio paso a los famosos recuentos de muertos de la guerra de Vietnam. Después llegó la "nueva gestión pública", un eufemismo de la década de 1980 para la vieja escuela de gestión empresarial: aislar las actividades, colocar un mánager al frente de cada una y exigirles que rindan cuentas sobre los resultados medibles. Eso podría funcionar para una lotería estatal, pero, ¿qué ocurre con las relaciones exteriores y la educación? O, me atrevo a sugerir, ¿la atención sanitaria? Miembros del Gobierno de Estados Unidos me cuentan que la nueva gestión pública aún se promueve y fomenta hoy en día, aunque más bien podría llamarse ya "la vieja gestión pública".

Luego está la cuestión de los clientes. "Nuestra esperanza es que podamos lograr éxitos y eficiencias para nuestros clientes, que son los ciudadanos", le dijo Kushner al Washington Post con una metáfora tan descabellada como desgastada. (Durante su mandato como vicepresidente, Al Gore también se refirió al pueblo estadounidense como clientes). Como argumenté en mi artículo de Harvard Business Review, "Managing Government, Governing Management", no soy un mero "cliente" de mi Gobierno que compra algún servicio desde la distancia. Soy un ciudadano orgulloso e involucrado de mi país.

Los negocios son esenciales, pero en su lugar. También el gobierno, en su lugar. El lugar de los negocios es el mercado competitivo a fin de que puedan proporcionar bienes y servicios. El lugar de un gobierno, aparte de protegernos de las amenazas, consiste en ayudar a asegurar que ese mercado siga siendo competitivo y responsable. En Washington, ¿qué gobierno ha luchado realmente con interés por la competencia y la responsabilidad durante los últimos años?

Una sociedad sana equilibra el poder de un gobierno respetado en el sector público con el de unas empresas respetadas en el sector privado y comunidades sólidas en lo que denomino el sector plural: los clubes, las religiones, los hospitales locales, las fundaciones, las ONG y las cooperativas con los que tantos interactuamos. El sector plural, aunque sea el menos reconocido de los tres, es grande y diverso. Muchos de nosotros trabajamos en negocios y muchos de nosotros votamos, pero todos nosotros vivimos gran parte de nuestras vidas dentro de las asociaciones comunitarias del sector plural. (Estados Unidos tiene más membresías cooperativas que personas). Este es el sector que puede contrarrestar los efectos destructivos de las políticas pendulares que mantienen a tantos países oscilando entre el control público gubernamental y las fuerzas del mercado privado. Especialmente hoy, bien podemos necesitar depender de este sector plural para restaurar el equilibrio perdido en las polarizadas y desfasadas políticas de la izquierda contra la derecha.

Los países más demoscráticos del mundo son los que más se acercan al equilibrio entre estos tres sectores; por ejemplo, Canadá, Alemania y los países escandinavos. Durante las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos estuvo más cerca de ese equilibrio. Recuerde la prosperidad y el desarrollo, tanto social como económico, que se experimentó a pesar de impuestos elevados y generosos programas de bienestar.

Entonces cayó el muro de Berlín. Probablemente cayó sobre las democracias occidentales porque entendimos mal lo que lo derribó. Numerosos expertos occidentales, los cuales ya reflejaban el sesgo que ahora predomina, afirmaban que el capitalismo había triunfado. Para nada. El equilibrio había triunfado. Mientras los estados comunistas de Europa del Este se encontraban totalmente desequilibrados a favor de sus sectores públicos, los países de éxito de Occidente conservaban cierto equilibrio entre los tres sectores.

Con este malentendido como punto de partida, una forma muy concreta de capitalismo ha triunfado desde entonces y desequilibrado tanto Estados Unidos como muchos otros países de su órbita hacia los intereses del sector privado. Visto de esta manera, Trump no es tanto el problema, sino una prueba extrema de un problema mucho más grande: la intromisión excesiva de los negocios y las empresas en el Gobierno.

En Estados Unidos, este problema lleva mucho tiempo desarrollándose. La república estadounidense apenas tenía un cuarto de siglo cuando Thomas Jefferson ya expresó la esperanza de que "aplastar la aristocracia de nuestras adineradas corporaciones que osan desafiar a nuestro Gobierno a una prueba de fuerza". Durante el último siglo, el antimonopolista Theodore Roosevelt habló de "los males reales y graves" de corporaciones demasiado poderosas. Roosevelt defendía que "el objetivo de los que busquen la mejora social debería ser tanto despojar al mundo de los negocios de crímenes de ingenio como liberar a la política de crímenes violentos". Varias décadas después, Dwight Eisenhower advirtió de que "en los consejos del Gobierno, hemos de defendernos de la adquisición de una influencia injustificada, tanto buscada como no buscada, del complejo militar-industrial".

Un escéptico podría decir que "si siempre nos ha preocupado algo que no ha sucedido todavía, quizá sea hora de dejar de preocuparnos". Sin embargo, el riesgo lleva bastante tiempo creciendo a ritmo continuo, sobre todo tras el triunfo del capitalismo durante la década de 1990.

El Tribunal Supremo de Estados Unidos concedió a las corporaciones el derecho a ser consideradas como personas físicas en 1886. Recientemente amplió ese derecho para incluir también la financiación de las campañas políticas, lo que probablemente supone un punto de inflexión de dos siglos de deriva de la sociedad estadounidense hacia el poder del sector privado. Eche un vistazo a su alrededor: el escándalo de la desigualdad de ingresos, el cambio climático agravado por el consumo excesivo y las fuerzas no reguladas de la globalización están socavando la soberanía nacional y, por tanto, las instituciones democráticas de muchos países. No extraña entonces que tantos votantes de todo el mundo exijan también un cambio, incluso a pesar de no meditar realmente algunas de las consecuencias. El lado válido de sus preocupaciones tiene que abordarse.

La relación entre los negocios y el gobierno, una separación de poderes no menos vital que la del propio gobierno, se ha vuelto tan confusa que amenaza la propia democracia estadounidense. Cuando el sistema de libre empresa dentro de una economía se convierte en la libertad de empresas-como-personas dentro de una sociedad, para parafrasear a Abraham Lincoln, el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo desaparece de la Tierra.