En su obra de referencia Cien años de Soledad, el novelista Gabriel García Márquez cuenta la historia del coronel Aureliano Buendía, que "promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos". La novela sigue a siete generaciones de la familia Buendía a través de la historia de Colombia, plagada de decepciones recurrentes e interminables batallas.

Durante su vida, García Márquez estuvo obsesionado con intentar entender y resolver los conflictos de Colombia, muchos de los cuales nacían de la división del país entre liberales y conservadores. Cuando era un joven alumno en 1948, el novelista presenció los violentos episodios políticos que azotaron la capital, Bogotá. Después llegaron los cárteles de droga. También las guerrillas rurales que reclamaban una reforma agraria y una mayor participación política en un país gobernado por una pequeña y poderosa élite. García Márquez entrañó amistad con algunos líderes, desde presidentes hasta comandantes guerrilleros. Se acercó a ellos para intentar pacificar el país.

El pasado 26 de septiembre, tanto el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, como el líder de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), Rodrigo "Timochenko" Londoño, citaron al autor colombiano. Fue una decisión especialmente acertada. Los dos firmaban un acuerdo de paz para poner fin al largo conflicto entre el Gobierno colombiano y la guerrilla. "Gabo", como llaman cariñosamente los latinoamericanos al escritor y premio nobel, fue reconocido por haber ayudado al país a llegar al borde de la paz.  

La ilusión, sin embargo, apenas duró una semana. El siguiente domingo, cuando los colombianos votaron en el referéndum para aprobar o rechazar el acuerdo de paz propuesto, se produjo la triste revelación. De más de 13 millones de votos emitidos, un margen de menos de 54.000 decidió el resultado final. Colombia votó "no" a poner fin a una guerra que dura ya 52 años, ha matado alrededor de 250.000 personas y desplazado a otros 8 millones.

Fue como ver a otra generación de la familia Buendía desintegrándose y perdiendo a sus miembros en su guerra fratricida. Esta Colombia dividida que retrató García Márquez en Cien años de soledad apareció reflejada en la ajustada diferencia que decidió el referéndum: el 50,2% votó que no frente al 49,8% que votó a favor.

¿Por qué, tras 52 años de guerra, votaría alguien "no" a una paz estable y duradera? La respuesta no es sencilla. Muchos de los que se oponían al acuerdo lo hacían a dos de sus condiciones. Una era que ofrecía la posibilidad de amnistiar personas con crímenes graves. La otra era que permitía a los antiguos guerrilleros formar parte del Congreso colombiano. Recibirían cinco escaños en cada cámara -Senado y Cámara de Representantes-, y podrían presentarse a presidente. Los que votaron "no" creían que el tratado concedía demasiado. Querían castigos más duros.

La otra mitad, que votó "sí", sabía que pagaba un alto precio. Sin embargo, creían que merecía la pena por lograr la reconciliación y convencer a los insurgentes de abandonar sus armas, conseguir la sangre dejara de derramarse sobre tierra colombiana tras más de medio siglo.

Pero, al igual que en muchas otras elecciones y referéndums, el voto representa más que un debate sobre el nivel apropiado de clemencia. Esto no era solamente una decisión sobre si vivir o no en paz.

También ha sido un conflicto de liderazgo entre dos figuras políticas con propuestas diferentes para el país, además de con sus propias vanidades. Por un lado estaba el antiguo presidente de Colombia Álvaro Uribe, un enemigo del acuerdo. Mientras estuvo en el cargo entre 2002 y 2010, promovió una política de mano dura con la FARC. Redujo el número de guerrilleros activos –hoy rondan los 9.000– y quizá no siempre por vías legales. Uribe está acusado de apoyar y potenciar las milicias paramilitares, las cuales se convirtieron en una fuerza que casi escapa a su control.

Uribe es el típico líder carismático de derecha. Usa una retórica convincente para llegar a los corazones de muchos colombianos, para tocar su fibra sensible. Hoy es un senador con una tasa de popularidad que ronda el 50%. Sus apoyos han aumentado, en parte gracias a una intensa y agitada actividad en Twitter, donde a menudo ataca las decisiones del Gobierno.

Al otro lado está el presidente Santos, antiguo heredero político de Uribe que ahora está enemistado con él. Hijo de la élite tradicional colombiana, Santos no tiene la inteligencia emocional para conectar con la amalgama de personas del país que lidera. Tanto si viaja a la jungla del Amazonas como a los vastos llanos tropicales o a la costa, no es capaz de encontrar el lenguaje adecuado para conectar y suscitar empatía. Hoy tiene una tasa de popularidad del 20% que se espera disminuya tras el referéndum fracasado en el que apostó tanta de su esperanza política.

En un evento del que fui testigo, el actual presidente de Colombia recaudaba apoyos para el voto a favor en un acto de campaña en la ciudad de Mitú (Colombia). Se encuentra en la frontera con Brasil, en una zona que fue tomada por la guerrilla durante la década de 1990. Mientras Santos hablaba educadamente, como el hombre formado en la Universidad de Harvard (EEUU) que es, algunos jóvenes indígenas de la zona amazónica se burlaban de él. "Uribe es el valiente, no este", decían.

Esa incapacidad de un líder político para conectar con los votantes es algo que observé una y otra vez mientras recorrí Colombia durante los últimos dos meses. Lo vi en las afueras de Bogotá y en los Altos de Cazucá, el hogar de muchas de las personas desplazadas por la guerra. Lo vi al sur del estado de Bolívar, donde la guerra mató y echó a gran parte de la población. Lo vi en el barrio marginal Nelson Mandela, a tan solo una corta distancia de la paradisíaca y turística Cartagena. Lo vi en las afueras de Medellín, una ciudad marcada por el terror de los cárteles de la droga de la década de 1980. En cada sitio, la gente desconfía enormemente de la capacidad del Gobierno para garantizar la seguridad y satisfacer las necesidades básicas de los ciudadanos. Por eso tantos dudaban de que el acuerdo pudiese implementarse y respetarse con éxito.

El mensaje de Santos fue un documento de 270 páginas que pocos colombianos llegarán a leer. Para muchos, ofreció una idea abstracta de paz y justicia basada más en la reinserción social que en la cárcel; no en el castigo tradicional, sino en el regreso a la sociedad. El mensaje de Uribe fue en cambio más eficaz. Una sola frase cuya simplicidad y lógica resonaba con facilidad dentro de la violenta historia del país: "Una paz sin impunidad. Quien haya cometido crímenes graves debe ir a la cárcel". 

El rechazo a la paz tiene unas consecuencias muy reales para la población del país y su prosperidad. La tercera economía de América del Sur ha estado creciendo y estaba posicionada para experimentar un repunte con una "prima de paz". A diferencia de otros países del continente, Colombia empleó gran parte del dinero que ganó durante el auge de las materias primas para invertir en infraestructuras y desarrollo industrial. Eso construyó una economía más dinámica que ha seguido creciendo a pesar de la caída de los precios del petróleo y otros bienes primarios.

El presidente Santos quería demostrar que la paz haría de su país un lugar menos peligroso para la inversión extranjera directa. Quería aumentar el turismo en el país, aumentar el número de visitantes y abrir zonas antaño controladas por la guerrilla.

Pero la voz de Uribe ha sonado más alto. Con su fuerte tasa de popularidad, aún es una fuerza política en sí mismo y es probable que el candidato de su partido sea el próximo presidente. Santos tiene dos años muy difíciles por delante hasta el final de su mandato.

Técnicamente, las negociaciones pueden seguir adelante. Pero los términos que exigen los uribistas representan puntos no negociables para las FARC. Los negociadores han volado hasta La Habana (Cuba) para al menos intentar mantener un alto al fuego hasta que encuentren un nuevo camino para avanzar.

Mientras tanto, el país seguirá tan aislado de los mercados globales como lo estaba antes del referéndum. Algunos analistas predicen que la economía de Colombia se contraerá; afortunadamente, aún se encuentra en bastante buen estado. Por ejemplo, rinde mucho mejor que las economías de Brasil y Argentina. Aun así, la promesa económica y social de la paz se ha pospuesto, y nadie sabe durante cuánto tiempo.

Durante la ceremonia del 26 de septiembre en Cartagena de Indias, tanto el Gobierno como los insurgentes citaron a García Márquez. Lo recordaron por sus mensajes de esperanza y sus esfuerzos de reconciliación. Pero tras el resultado del referéndum, muchos colombianos frustrados recordaron otra línea del trabajo de Gabo: el apocalíptico final de Cien años de soledad, cuando unas hormigas rojas se llevan a un recién nacido, al último miembro del condenado clan de los Buendía.