La visita histórica del presidente de Estados Unidos Barack Obama a Cuba en marzo de 2016 generó una gran expectación ente las empresas debido al mercado en el que podría convertirse la isla. La visita permitió imaginar el final del embargo estadounidense a Cuba (todavía 100 % vigente) y una notable mejora de la situación económica del país.

Sin embargo, durante los meses siguientes a la visita, Cuba no ha liberalizado su economía, se ha topado con una crisis fiscal, ha asistido a la elección de un potencialmente hostil Donald Trump y ha perdido a su líder revolucionario, Fidel Castro. Ya no está claro si Cuba realizará nuevas reformas o si contará con un mayor compromiso de Estados Unidos para ello.

Entender las políticas que podrían implementar tanto el gobierno cubano como el estadounidense durante los próximos dos años es crucial para ayudar a cualquier ejecutivo o empresario a determinar la urgencia con la que abordar una hipotética expansión en Cuba.

Una oportunidad limitada de negocio

Primero, es importante recordar por qué Cuba todavía sólo supone una oportunidad limitada de negocio. Cuba se enfrenta a tres retos fundamentales. El primero es la falta de capital para invertir, la cual seguramente no se resuelva sin un mayor flujo de capitales desde Estados Unidos. Es decir, poner fin al embargo. Con un sistema financiero limitado, Cuba carece del ahorro nacional necesario para aumentar la inversión de capital fijo por encima del nivel actual del 10 % del PIB, la mitad de la media en Latinoamérica.

Segundo, Cuba se enfrenta a la difícil tarea de agilizar una economía dirigida por el Estado y, sobre todo, estancada. Con muchas empresas dirigidas por el Estado y dependientes de subsidios públicos, Cuba ha intentado reubicar sus trabajadores hacia el sector privado, mucho más ágil, pero los avances siguen siendo lentos.

Tercero, Cuba cuenta con grandes problemas causados por su doble sistema monetario. Para facilitar la transferencia de subsidios a su sector público, Cuba utiliza dos monedas: el peso cubano convertible (CUC, por sus siglas en inglés), valorado a la par con el dólar estadounidense y plenamente comerciable, y el peso cubano (CUP), valorado a una tasa de 24:1 con el dólar estadounidense. Aunque la dualidad es útil para un mayor control de la economía, la doble moneda socava la competitividad de las exportaciones cubanas y limita en gran medida el poder adquisitivo de los asalariados cubanos.

Sin avances significantes en estos tres frentes, cualquier nueva iniciativa de negocio en Cuba simplemente no avanzará. A pesar de las oportunidades limitadas en sectores específicos como la hostelería y las telecomunicaciones, el rendimiento económico general seguirá igual de endeble que durante las últimas décadas.

Una encrucijada económica

En abril de 2016, Cuba celebró su VII Congreso Comunista. Durante el anterior congreso, en 2011, Raúl Castro había anunciado planes para introducir nuevas reformas de mercado y atraer la inversión extranjera. Del mismo modo, muchos observadores cubanos esperaban anuncios similares en 2016, los cuales probablemente incluirían alguna instrucción referente al fin del régimen monetario dual del país. En su lugar, sólo se anunciaron algunas medidas limitadas nuevas y hasta el propio Fidel Castro participó en el encuentro para, en cierta medida, rechazar las medidas a favor de una mayor liberalización económica.

Tal vez más importante para un análisis de la política cubana a corto plazo sea que la reforma que no ocurrió sucedió en mitad de una crisis fiscal cada vez mayor para el Gobierno cubano. Tras depender durante tanto tiempo de la importación de petróleo subvencionado por Venezuela –que aparte de energía barata suponía el mayor ingreso por divisas de la isla-, Cuba ha sufrido la merma de barriles subvencionados a medida que la economía de su benefactor venezolano colapsaba. El resultado han sido cierres periódicos de empresas claves del sector público cubano y apagones en los barrios de la isla.

En este contexto, los líderes cubanos tienen dos opciones diferentes en función de si Trump sigue potenciando la participación económica y diplomática de Estados Unidos en Cuba o si da marcha atrás y se aleja de la isla. En el primer caso, Cuba podría seguir recorriendo el camino de una lenta pero continua liberalización. En el segundo caso, es probable que el partido dirigente tenga que acometer recortes a la vez que busca fuentes alternativas de financiación. El primer escenario permitiría el desarrollo continuo de iniciativas empresariales existentes además de facilitar que Estados Unidos levante el embargo. El segundo, en cambio, seguramente limitaría las nuevas oportunidades económicas en Cuba además de mantener estancada su economía.

Un presidente electo estadounidense impredecible

Durante la pasada campaña electoral de Estados Unidos, el hoy presidente electo Donald Trump afirmó que revocaría "el acuerdo" con Cuba en caso de no lograr más concesiones, como la liberación de prisioneros políticos o la expansión del alcance de la actividad empresarial privada aprobada. Un mes después de las elecciones, Trump ya había contratado a dos "radicales antiCuba" declarados defensores del embargo (Mauricio Clover Corone y Yleem Poblete) para formar parte de su equipo de transición. Es una señal que aumenta la probabilidad de su intención de aferrarse y mantener los mismos términos que utilizó durante la campaña.

Sin embargo, y a pesar de estas señales, el cada vez mayor interés económico de los estadounidenses en la isla logrado por la administración Obama le complicará a Trump revertir todos los cambios logrados. Sobre todo, porque el equipo de Obama ha trabajado duramente para consolidar la apertura política de cara al traspaso de poderes en enero. Para Trump resultaría mucho más más fácil buscar alguna victoria simbólica a medio plazo (como asegurar la victoria de empresas estadounidenses como Google para entrar en la isla) a la vez que mantiene los cambios políticos de Obama. El peor caso para cualquier negocio interesado en Cuba sería que Trump elija (o se vea obligado a) recortar las medidas claves de Obama, sobre todo la reducción de las restricciones para viajar y la autorización para operar en la isla o con la isla de empresas bancarias y de telecomunicaciones.

Cómo saber hacia dónde se dirige la economía

Con estos factores en juego, la previsión a corto plazo para Cuba es altamente incierta. Frente a ello, las empresas pueden seguir el desarrollo de los siguientes asuntos clave para monitorizar y seguir la evolución política tanto de Cuba como de Estados Unidos.

  • ¿Apretará Trump el gatillo del Artículo III de la Ley Libertad de 1996 durante los primeros 100 días de su mandato? La Ley Libertad, promulgada en 1996 para reforzar el embargo estadounidense a Cuba, incluye una cláusula que, de activarse, posibilitaría la presentación de decenas de miles de demandas contra el Gobierno cubano por propiedades confiscadas tras la revolución de 1959. Esto prácticamente imposibilitaría el comercio con Cuba y probablemente frenaría el crecimiento de Cuba durante años, si no para siempre.
  • ¿Logrará Cuba un nuevo benefactor económico?  Con Venezuela en caída libre, Cuba se encuentra en posición de aceptar la ayuda de un nuevo benefactor económico. Los apoyos potenciales de Rusia y China podrían ahuyentar la contracción económica a corto plazo. También podría incentivar a la administración Trump a poner fin al embargo para no perder su influencia sobre la isla.
  • ¿Aumentarán los escaños demócratas en el Senado durante las elecciones estadounidenses de mitad de mandato en noviembre de 2018? Mientras que existe un importante número de republicanos que apoyan el final del embargo, el Senado seguramente requeriría una mayor representación demócrata para obtener suficiente apoyo como para levantar el embargo.  
  • ¿Acelerará el nuevo líder cubano, que asumirá el poder en febrero de 2018, las reformas económicas? El nuevo Gobierno de Cubra probablemente será el primero no dirigido por un participante en la revolución de 1959. Sea quien sea, necesitará construir una mayor parte de su legitimidad al impulsar el crecimiento económico y mejorar las vidas de los cubanos. Esto potencialmente lo impulsaría a aceptar una mayor liberalización de la economía, incluido permitir más actividades privadas y terminar con la dualidad monetaria.