Si las tendencias actuales geopolíticas y económicas se mantienen, el eventual traspaso de la supremacía mundial de Estados Unidos a China será el espectáculo del siglo. La pregunta es si su consecuencia será más conflicto o más cooperación.

Para muchos ciudadanos estadounidenses, su identidad nacional está intrínsecamente vinculada con ser el "número uno", signifique lo que signifique. Si una China cada vez más prospera, estable y confiada logra imponerse como líder del mundo,  no es muy probable que los estadounidenses se muevan sin reticencias al asiento trasero.

Ninguna otra relación internacional es tan importante -y tensa- como la de Estados Unidos con China. Los dos países dependen en buena medida el uno del otro. Estados Unidos importa casi 500.000 millones de dólares (unos 473.000 millones de euros) en electrónica, juguetes y aparentemente cualquier otra cosa relativamente barata de China cada año. China, a su vez, posee 1,1 billones de dólares (unos 1,04 billones de euros) de deuda pública estadounidense. La relación, como les gusta decir a los observadores, es "demasiado grande para caer".

Por otro lado, existen áreas marcadas por una importante tensión y que data de mucho antes de las arengas de Donald Trump contra las prácticas comerciales de Pekín (China) y su control de divisas. Washington no está conforme con las reivindicaciones cada vez más firmes de China en el Mar del Sur, sus violaciones recurrentes de los derechos humanos, los ciberataques a empresas estadounidenses y otros ejemplos. Pekín, por su parte, considera que Estados Unidos se entromete demasiado en los asuntos domésticos chinos.

Esta intranquila –molesta, pero necesaria- alianza es crítica para el futuro del planeta al completo. Como explicó el antiguo corresponsal estadounidense en Pekín John Pomfret en su obra The Beautiful Country and the Middle Kingdom, "ningún problema de interés mundial –desde el calentamiento global hasta el terrorismo, la proliferación de armas nucleares o la economía– podrá resolverse a menos que Washington y Pekín encuentren la manera de trabajar juntos". Su libro desarrolla ese argumento de forma persuasiva mientras lleva a los lectores por un viaje informativo y entretenido a través de la historia de los ciclos interminables de "hechizo intenso" y "desilusión inevitable" entre los dos países.

Visité China por primera vez en 1980, poco después de que Washington y Pekín restauraran sus relaciones diplomáticas, cortadas desde 1949 con la llegada del Partido Comunista al poder. Los chinos no sabían qué pensar de nuestro grupo de despreocupados turistas yanquis. No parábamos de preguntar a nuestros "guías-vigilantes" oficiales sobre su sistema político, el legado de Mao Zedong y el destino del socialismo. La única vez que logré alterar a nuestra guía, la "señora Zhu", fue cuando sugerí una similitud entre Richard Nixon y la Banda de los Cuatro de China, el grupo de altos dirigentes del ala dura del Partido Comunista expulsados y vilipendiados tras la muerte de Mao. No lo entendió, porque a la mayoría de los chinos les caía bien Nixon, hasta que imité al expresidente estadounidense como un bandido de dibujos animados que blandía sus revólveres de seis tiros mientras se agenciaba con la cartera de otra persona. La señora Zhu asintió con la cabeza: fue un momento adelantado de entendimiento intercultural.

Pero si en ese momento China podía parecer dubitativa en su aceptación e integración con el mundo exterior, entre bambalinas en realidad se estaban tomando medidas de calado. Los sucesores de Mao entendieron que China tenía bastante que aprender de Occidente, sobre todo en cuestiones de desarrollo económico. Así que, durante la década de 1980, Pekín invitó a un cortejo de economistas extranjeros para conocer sus ideas. Este intercambio de conocimiento e información es el tema central del libro Unlikely Partners, del doctorando de la Universidad de Oxford (Reino Unido) Julian Gewirtz, quien vivió e investigó en China durante varios años. Economistas estadounidenses también participaron en ese diálogo, incluido Milton Friedman, cuyo fundamentalismo de libre mercado era anatema para las políticas del Partido Comunista. Su primera visita no transcurrió demasiado bien. Según Gewirtz, Friedman expuso a sus anfitriones las virtudes ilimitadas del capitalismo y ellos le contestaron con el triunfalismo comunista. Se fue enfadado, farfullando sobre la ignorancia china acerca del funcionamiento del mercado. China, mientras, le ridiculizó como un hombre que "se negaba a hablar educadamente y al que no le importaba la altura del puesto de nadie".

A pesar de estos deslices, aquella era la "época dorada" de la reforma y la transparencia en China. Intelectuales y líderes del partido se sentaron a debatir sobre un amplio abanico de posibilidades económicas y políticas para empezar a implementar los experimentos de libre mercado que terminaron por impulsar la salida del país de su estancamiento hasta convertirse en la primera economía del mundo. (Ya lo es en términos de paridad de poder adquisitivo y se espera que su PIB absoluto supere al de Estados Unidos en 2025).

Aun así, China no se está convirtiendo en Estados Unidos. No lo hace a pesar de numerosos intentos de estadounidenses bienintencionados de convertirla, ya sea con la zanahoria o el palo, en un país más democrático, capitalista y temeroso de Dios. Desde luego, algunos chinos están enamorados de los ideales estadounidenses. Cuando ejercí como el jefe de la delegación en Pekín del Wall Street Journal a finales de la década de 1980, muchos hablaban abiertamente de su admiración por las instituciones y los valores estadounidenses; anhelaban ver a su país seguir un camino similar.

Sin embargo, hoy está claro que China traza su propio rumbo, a menudo definido como "capitalismo autoritario". No se trata solo de que a sus líderes les preocupe que una democracia liberal occidental pueda provocar la caída del partido en el poder. También perciben que el modelo de mercado libre estadounidense ha fracasado. El punto más bajo se produjo con la Gran Recesión. Pomfret relata una reunión de 2008 entre el antiguo secretario del Tesoro de Estados Unidos Hank Paulson, que tiene numerosos lazos con China, y el entonces viceprimer ministro chino Wang Quishan. "Usted fue mi profesor", le dijo Wang a Paulson. "Pero ahora... mire su sistema, Hank. No estamos seguros de que debamos seguir aprendiendo de usted".

China probablemente no esté preparada en estos momentos para ser un líder global en el terreno político. Pero Fortune Makers, un nuevo libro de Michael Useem, Harbir Singh, Neng Liang y Peter Cappelli, sostiene que un "estilo chino" ya está emergiendo en el sector privado, uno, explican, que deberíamos emular. Los autores examinan en detalle el éxito de empresas como Alibaba, Lenovo y Vanke, y demuestran que no fueron resultado del apoyo del gobierno ni de ningún otro tipo de favor especial, sino que surgieron de una mentalidad empresarial específicamente china que tiene mucho que ofrecer a Occidente. Entre otras virtudes, apuntan, estas empresas tienden a no centrarse de manera obsesiva en maximizar el valor para los accionistas, al menos no en el corto plazo.

Está claro que el modelo estadounidense está bajo asedio. También que China sigue ascendiendo. Uno solo puede esperar que estas dos superpotencias encuentren maneras de aceptar mutuamente la grandeza de la otra.