Un siglo después de su formulación como tratamiento para la neurosis, el psicoanálisis ha recobrado su popularidad como un método para explicar todo tipo de tormentos sociales. No solo entre psicólogos y artistas, que siempre han tenido un oído puesto en lo inconsciente. En los últimos tiempos, parece que CEO, políticos y economistas también han estado repasando sus conocimientos freudianos.

En la reunión anual del Foro Económico Mundial celebrada este mes, el espíritu del padre austriaco del psicoanálisis impregnaba el aire de Davos (Suiza). Uno no podía asistir a un panel o mantener una conversación sin toparse con ideas clásicas del psicoanálisis. ¿Élite global? En fase de negación. ¿Divisiones sociales? Un producto de la ansiedad. ¿El comportamiento humano? Sumamente irracional. ¿La política? Un triunfo de identidad narrativa frente a principios económicos. Todo a la sombra de un nuevo líder mundial que parece empeñado en proporcionar pruebas de la teoría de Freud de la proyección defensiva, según la cual culpamos a los demás por lo que menos nos gusta y reconocemos en nosotros mismos.

Una recopilación de citas de varias de las sesiones de la cita suiza se lee como una transcripción de un seminario de psicología. Para Anthony Scaramucci, el único delegado no oficial de la administración Trump que se pasó por la reunión alpina de camino a asumir la dirección de la Oficina de Participación Ciudadana de la Casa Blanca, "la gente en Estados Unidos y Europa siente una lucha común que tal vez muchos de nosotros aquí en Davos no sentimos". (Considere "tal vez" como un marcador de la ambivalencia que a menudo acompaña las visiones emergentes).

La primera ministra de Reino Unido, Theresa May, tal vez de forma inconsciente, articuló un clásico análisis freudiano de cómo esa lucha da paso a la aparición de un líder divisivo: "Aquellos partidos que adoptan políticas de división y desesperación, que ofrecen respuestas fáciles, que afirman saber a qué y a quién culpar se alimentan de la sensación ciudadana de que los líderes políticos y empresariales han ignorado sus legítimas preocupaciones durante demasiado tiempo".

El filósofo de la Universidad de Harvard (EEUU) Michael Sandel pidió tomar conciencia, instó a los líderes allí reunidos a que abandonaran los palcos aislados desde los que se asoman a la sociedad, a que adoptaran la actitud compasiva y curiosa del psicoanálisis frente a las emociones perturbadoras desde hace largo tiempo. "Los líderes necesitan hacerlo mejor a la hora de escuchar el enfado, el descontento, la frustración, el resentimiento –incluso cuando adoptan formas amenazantes y odiosas– porque contienen algo que deben aprender. Esa frustración implica quejas y aspiraciones legítimas que hace bastante tiempo que no abordamos", planteó en Davos Sandel.

Para alguien que ha trabajado durante mucho tiempo con estas ideas, fue asombroso verlas entrar en erupción  e introducirse en el discurso público. También fue desconcertante. Como ya he escrito en otra ocasión, cuando recurrimos al psicoanálisis para entender las noticias, raramente se debe a que son buenas. Sin embargo, no resultó sorprendente. Durante el último año, gran parte de estos conceptos se han colado en las columnas de periódico, las revistas de gestión empresarial, los consejos de administración y los discursos políticos.

El psicoanálisis está de moda porque recurrimos a sus principios para explicar tanto el enfado de los demás como para expresar nuestros miedos. Freud tenía un término para estos momentos, cuando las ideas y emociones que nos preocupan ya no pueden esconderse bajo la alfombra: "el retorno de lo reprimido". Esos momentos, sugería el psicoanalista, tienen ventajas e inconvenientes: revelan nuestros peores impulsos, pero también pueden sacar a relucir nuestras mejores ideas.

La directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, parecía estar de acuerdo. Recordó la resistencia con la que habían chocado sus advertencias sobre la desigualdad en Davos hace años."Si los políticos no lo entienden ahora, no sé cuándo lo harán", insistió. Muchos de sus compañeros economistas y líderes empresariales parecían decididos a entenderlo por fin.

Pero, ¿basta con entenderlo? ¿Es el conocimiento para tanto como se dice? No exactamente.

No me malinterprete. Encuentro muy útiles las teorías psicoanalíticas para entender el sentido de la actualidad y demostrar que grandes ideas a menudo son emociones intensas disfrazadas. Ojalá esas teorías fuesen aún más populares y mejor comprendidas. Al mismo tiempo, adoptar una postura psicoanalítica –con mucha compasión e interpretación, y poco diálogo e intervención– me parece una medida defensiva por parte de quienes aspiran a liderar.

Pasar de la defensa a la acción

Los problemas sociales como el atractivo del populismo o la ansiedad que provoca la destrucción de puestos de trabajo por la automatización no son solo una gran neurosis. Colocarlos "sobre el diván" resulta útil, pero puede ser una mera respuesta defensiva si lo único que se hace es interpretarlos. Esa intuición impulsó a los académicos y profesionales que establecieron "sistemas psicodinámicos" hace medio siglo. Los líderes podrían encontrar esas ideas sobre los líderes inconscientes incluso más útiles y contemporáneas, aunque también más exigentes, que las de Sigmund Freud.

A diferencia de los psicoanalistas clínicos de principios del siglo XX, los cuales trabajaban con individuos y se preocupaban por los efectos de los cuidadores de la infancia sobre la vida interior de los adultos, estos académicos trabajaban principalmente con grupos, organizaciones y diferentes sistemas sociales. Seguían la advertencia del psicólogo alemán Kurt Lewin, para quien la única manera de entender realmente los sistemas sociales consiste en intentar cambiarlos. Los defensores de la terapia psicodinámica obtenían su conocimiento sobre la situación a partir de la interacción personal con esos sistemas, no desde la distancia académica o clínica. La denominaban con orgullo "investigación-acción" para diferenciarla del tipo más contemplativo.

Las teorías sobre sistemas psicodinámicos prestan menos atención a de qué manera y en qué momento el apego durante la infancia configura el comportamiento y las experiencias para centrarse más en cómo afecta la organización y las circunstancias de la vida y el trabajo. La comprensión por tanto de la historia, del camino hasta la situación actual, no puede liberarnos de nuestros captores inconscientes. Tampoco puede disipar los sentimientos de ira, ansiedad o desesperación que normalmente acompañan a cualquier cautiverio. Sólo pueden hacerlos los cambios sociales y organizativos, el tipo de cambios que suele alterar las estructuras del poder.

Las teorías psicodinámicas de sistema son igual de subversivas en su intención como el psicoanálisis clínico: buscan desatar el potencial humano al terminar con un statu quo restrictivo. Sin embargo, las primeras sugieren que para ello se necesita el activismo social, no sólo una interpretación compasiva cuando el origen de los problemas son los sistemas sociales actuales y no los del pasado.

En resumidas cuentas, "entenderlo", o incluso darle voz, no basta si no se puede o no se está dispuesto a "cambiarlo". Limitarse a "entender" el problema le hará parecer inútil en el mejor de los casos, y cómplice en el peor. A medida que el "yo lo entiendo, pero mis rivales no" impregna la retórica de los aspirantes a líder mundial, este es el tipo de clave psicoanalítica contemporánea que harían bien en no reprimir.