Desde que ganó las elecciones presidenciales de Estados Unidos en noviembre, Donald Trump ha tuiteado frecuentemente sobre la pérdida de empleos. Ha arremetido contra corporaciones que tienen planes de deslocalizar los puestos de trabajo en México o China. Se ha atribuido el mérito de convencer a empresas, incluidas Ford y Carrier Corporation, para mantener sus puestos de trabajo en casa, en Estados Unidos. Se ha opuesto de manera inalterable tanto a la externalización de los puestos de trabajo como a los grandes acuerdos comerciales como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica por las pérdidas de puestos de trabajo que podría suponer.

La automatización, sin embargo, no parece preocuparle en absoluto. Ni habla ni tuitea sobre ella; tampoco se queja de la destrucción de empleo que provoca. Pero los economistas, incluido el economista laboral del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, EEUU) David Autor, sostienen que la automatización es un factor mucho más decisivo para la desaparición de puestos de trabajo en la industria manufacturera que la externalización o los acuerdos comerciales internacionales. Como otros, y yo mismo, hemos argumentado, las nuevas tecnologías de automatización tendrán un impacto similares en trabajadores de cuellos blanco.

El CEO de la empresa matriz de Carrier Corporation, United Technologies, Greg Hayes, reconoció que será la automatización quien gane al final la visible negociación entre Trump y Carrier Corporation a propósito de los puestos de trabajo de una de sus plantas de producción en Indiana (EEUU). Unos pocos días después de que Trump supuestamente salvara 750 empleos de Carrier Corporation, Hayes reveló en una entrevista con Jim Cramer en CNBC que la realidad no era exactamente así: "Vamos a invertir 16 millones de dólares [unos 15 millones de euros] en esa fábrica en Indianápolis para automatizar y reducir los costes de forma que podamos seguir siendo competitivos […] Pero lo que eso significa es que al final es que habrá menos empleos" (el énfasis es mío).

El presidente saliente, Barack Obama, es consciente de que la automatización supone un problema grave, pero su administración tampoco ha hecho gran cosa para abordarlo. En su discurso de despedida al país del 10 de enero, señaló: "La próxima ola de dislocación económica no provendrá del extranjero. Nacerá del implacable ritmo de la automatización que convierte muchos buenos trabajos de clase media en obsoletos".

Entonces, ¿por qué no tuitea Trump sobre la automatización? De forma más generalizada, ¿por qué no se prestó más atención al tema durante la campaña electoral? ¿Por qué no hemos empezado como sociedad a abordar seriamente la pérdida de puestos de trabajo como consecuencia de la automatización?

La falta de atención de Trump al tema se explica por buenas y malas razones. Las malas son más divertidas, así que empecemos por ellas. Trump no sabe prácticamente nada sobre tecnología. Más allá de un smartphone, no la utiliza demasiado. Y las industrias en las que ha trabajado –la construcción, el mercado inmobiliario, los hoteles y complejos turísticos– se cuentan entre las menos sofisticadas en cuanto al uso de tecnologías de la información. Por lo tanto, Trump no está preparado para comprender la dinámica del empleo destruido por la automatización.

La otra limitación de Trump es que la automatización no está impulsada por acuerdos y negociaciones. El autor de The Art of the Deal (El arte de los acuerdos) claramente tiene inclinación por la lucha contra sus rivales en negociaciones de alto impacto. Pero sería difícil negociar la pérdida de puestos de trabajo por la automatización. Es la asesina silenciosa de la mano de obra humana, la que elimina puesto tras puesto con el paso del tiempo. Los puestos de trabajo suelen desaparecer por su amortización. No se producen cierres visibles de plantas a los que oponerse, tampoco comunicados de prensa que rebatir. Es un tema complejo que no se presta ni a declaraciones en la tele ni a tuits.

Para ser justos, Trump no es el único político con dificultades para luchar contra este enemigo; tampoco es que otros políticos se involucren demasiado. Pero existen varios buenos motivos por los que no lo hacen. Uno es que la automatización normalmente es el resultado de una inversión empresarial, no de un recorte. Sirve el ejemplo de United Technologies: la empresa anunció una inversión de 16 millones de dólares (unos 15 millones de euros) en la planta de Carrier Corporation en Indiana. ¿Quién querría criticarlo?

El objetivo final de la automatización es el aumento de la productividad. La mejora de la productividad es un factor crucial del crecimiento económico a largo plazo. Sin embargo, su aumento en Estados Unidos durante la última década ha dejado bastante que desear. Ergo, la economía necesita más productividad, no menos. Es más, cualquier empresa o negocio a nivel individual normalmente necesita mejorar su productividad para sobrevivir. Cualquier político que quiera atraer a la comunidad empresarial será reacio a provocar una guerra contra la automatización.

Además, el trabajo reemplazado por la automatización históricamente no ha sido el más gratificante. Los empleos más estructurados y repetitivos han sido los primeros en automatizarse en las generaciones anteriores. Esto ha liberado a los humanos para realizar tareas más creativas y estimulantes. En algunos casos, como las máquinas expendedoras, el comercio electrónico y los cajeros automáticos, la automatización ha facilitado la vida a los consumidores. Una campaña política que defienda en eliminar el acceso 24/7 al dinero, por ejemplo, no tendría muchas probabilidades de recoger votos.

Otro factor que limita la participación política en este tema es que es un problema complicado sin ninguna solución obvia. Soy el coautor de un libro sobre cómo los humanos podrán conservar sus trabajos en un mundo de máquinas cada vez más inteligentes. Creo que existen respuestas, pero también que no pueden resumirse fácilmente en una frase con gancho. Los simplismos como "más educación CTIM" o "formación para los trabajadores desplazados" no bastan para lidiar con un asunto como este.

Por último, en algunos sectores tienen fe en que los empleos perdidos volverán. Es cierto que las olas anteriores de automatización no redujeron el empleo a largo plazo. Los economistas tenían un nombre para las personas que creían que el avance tecnológico destruía los empleos humanos, la "falacia ludita". Pero ahora muchos economistas, incluido el exsecretario del Tesoro de Estados Unidos Larry Summers, están convencidos de que el patrón anterior no se repetirá esta vez. No obstante, ningún político quiere ser visto como un ludita. Es otro motivo más para no hablar sobre la amenaza para el empleo que supone la automatización.

Así que el próximo presidente de Estados Unidos no tiene muchas probabilidades de tomar parte en este asunto. Es desafortunado para los muchos trabajadores estadounidenses cuyos empleos tienen muchas probabilidades de desaparecer durante los cuatro años de la primera legislatura. Otros candidatos que sí que entiendan la tecnología y su impacto, que puedan averiguar cómo proponer soluciones de maneras claras y directas, podrían asegurar que el propio Trump pierda su empleo tras solo un mandato.