Dirigir una empresa es compromiso, ejecución y seguimiento. ¿Hizo algo? Bien. ¿Funcionó? Repítala. ¿No? Haga otra cosa. Pero sobre todo, siga haciendo cosas, siga actuando.

Imparto una asignatura sobre control estratégico en la Universidad de Portland (EEUU). En una clase pasada hablamos sobre las decisiones y comportamientos más inmorales que habíamos visto en el mundo empresarial. Contabilidad fraudulenta que arrasó con trabajadores e inversores, operaciones eficientes a costa del dolor de animales criados para alimentación, atajos y ocultaciones que costaron vidas, etc. Es fácil escribir una lista larga, y difícil no deprimirse al leerla.

Les pregunté a mis alumnos: ¿quién de vosotros actuaría así? Todos se horrorizaron, claro. Entonces les dije que las personas que tomaron esas decisiones en la vida real también fueron como ellos: personas jóvenes ansiosas por triunfar, con ganas de hacer grandes cosas. Y aun así.

En la clase reinaba el silencio.

La vida nos empuja a seguir caminos con pendientes resbaladizas. Los experimentos y la experiencia demuestran que la gente se resiste a cambiar la inocencia por la maldad, pero que puede ser atraída hacia ella a pasos aparentemente inocuos. Una pequeña trampa por aquí, que se podrá arreglar más adelante. Un atajo por allá, una verdad distorsionada; mantener la boca cerrada.

El profesor de la Escuela de Negocios de la Universidad de Harvard Max Bazerman aborda el tema de las pendientes resbaladizas en su libro The Power of Noticing (El poder de la observación). Un importante fraude, por ejemplo, puede empezar como un pequeño déficit que un gestor o auditor decide (o incitan a) ocultar. Pero cuando no se produce un éxito futuro que lo corrija, ese déficit se volverá cada vez más difícil de ocultar; cada vez más y más difícil de mostrar y reconocer.

Mi principal trabajo es la consultoría: juegos de guerra de negocios, simulaciones y talleres de estrategia. He trabajado en muchas industrias por todo el mundo. Hace largo tiempo, me di cuenta de que desapruebo una industria en particular. Su nombre no importa. Lo que sí importa es que, al igual que los demás, quiero vivir en armonía con mis creencias y principios. Decidí entonces que nunca solicitaría ni aceptaría trabajos para empresas de esa industria.

El problema surgió varias veces a lo largo de los años y cuando ocurría hacía lo que yo me había dicho que haría. Fue fácil, como decidir por adelantado no pedir pasta a la carbonara antes de ir a un restaurante italiano cuando intento perder peso.

Entonces mi negoció empezó a flaquear, a perder ingresos. Una empresa de esa industria me pidió coordinar un juego de guerra. Quería el dinero. Me justificaba ante mí mismo, que sólo estaría reordenando el mercado, que no lo ampliaría. Pensé que no aceptar el trabajo no impediría que lo hiciera otro. Les envié la propuesta solicitada.

No conseguí el trabajo... y me sentí aliviado. Pero sabía que me sentiría así incluso antes de enviar la propuesta, y la había enviado igualmente. Había reflexionado eso también. ¿Por qué agonizar sobre las cuestiones difíciles cuando existía la posibilidad de no conseguir el proyecto? El primer pequeño paso inocuo...

Me avergüenzo de haber enviado esa propuesta. Pero tengo suerte. Habría sido peor si me hubiesen encargado el proyecto y lo hubiera ejecutado. En su libro Mistakes Were Made (But Not by Me) (Se han cometido errores (pero por mí no han sido)), Carol Tavris y Elliot Aronson estudian la disonancia cognitiva que describe el estrés y la angustia de la gente al comprender que han actuado en contra de sus creencias y principios. Maryam Kouchaki de la Escuela Kellog y Francesca Gino de la de Negocios de Harvard identificaron una "amnesia sobre lo no ético" en estudios con más de 2.100 participantes. Sugieren que la angustia dificulta que recordemos los comportamientos disonantes, facilitando también su repetición.

Compartí la historia de la propuesta con mis alumnos; entonces sugerí que cada uno elaborara una lista. No como un trabajo para clase, no para compartirla – sólo para ellos: Redacte una lista de acciones que usted no emprenderá. Vuelva a leerla de vez en cuando.

Elaborar una lista de cosas que no hará no le protegerá de la tentación. No garantiza que no vaya a hacer algo de lo que se arrepentirá después. No le hará rico ni famoso; no se le atribuirá el mérito de no haber hecho algo. No resolverá preguntas sobre males menores. ¿Quién condenaría a Jean Valjean, el ladrón estrella de Los Miserables, por robar una hogaza de pan para alimentar a su desfavorecida familia? Hay un musical completo que afirma que hizo lo correcto.

Pero su lista podría ayudarle a identificar dónde empiezan sus pendientes resbaladizas.

La gente quiere tener un impacto positivo. Así se logra: haciendo algo. O no haciéndolo.