La idea de "conciliar la vida profesional y la personal" es un invento de mediados del siglo XIX. La noción de adquirir conciencia del trabajo de uno mismo en contraposición al disfrute del tiempo libre surgió cuando la palabra "ocio" se puso de moda en Europa durante la Revolución Industrial. El "trabajo" se separó de la "vida", al menos para determinada clase de hombres. Desde entonces, hemos intentado equilibrar uno y otro.

Hoy, cuando tanto el trabajo como el ocio implican mirar una pantalla fijamente, intuyo otro conflicto emergente: la pugna por encontrar un equilibrio saludable entre la tecnología y el mundo físico, o, en otras palabras, la conciliación del cuerpo y la tecnología. Una encuesta realizada por Deloitte en 2016 reflejó que los estadounidenses comprueban sus móviles en conjunto unos 8.000 millones de veces al día. Es decir, una persona en Estados Unidos consulta el teléfono de media unas 46 veces al día, también durante su tiempo libre, ya sea mientras ve la tele, pasa el rato con amigos o disfruta de una cena.

Estamos tan obsesionados con nuestros dispositivos que no es raro llevar el teléfono móvil siempre encima. Llevamos nuestros móviles a todas partes como si fueran lápices de epinefrina y todos sufriéramos una alergia mortal. Piense en ello. Hace dos semanas, mientras empezaba un nuevo proyecto de consultoría en las oficinas de una empresa de la zona central de Manhattan (Nueva York, EE.UU.), me vi a mí mismo realizando un cambio de sentido de camino a los servicios. Necesitaba volver a mi despacho, necesitaba recoger el móvil que me había dejado allí sin querer. Volver a por él fue una decisión inconsciente, pero mi motivación estaba clara: necesitaba llevarme el móvil al baño. ¿Iba a realizar una llamada clandestina desde el váter? No. ¿Bregaba con un problema de negocios urgente? Afortunadamente, no. Entonces, ¿por qué necesitaba llevar el móvil conmigo mientras satisfacía una necesidad física básica? En realidad no lo sabía. Pero parece que el 90% de nosotros utilizamos el móvil en el baño.  

Una vida conectada al teléfono móvil

Según datos recientes de Nielsen, el 87 % de los 5,4 millones de habitantes de Singapur tiene un teléfono inteligente o smartphone. En Estados Unidos, y según el centro de investigación Pew, un 68 % de sus habitantes posee un teléfono inteligente, un porcentaje menor pero importante. Las cifras siguen. Un elevado 89 % de los trabajadores estadounidenses asegura sufrir dolores crónicos como resultado de las posturas que adoptan al utilizar estos dispositivos. El 82 % de esos trabjadores también afirma que la presencia de smartphones ha "deteriorado" sus últimas conversaciones. Pew Global ha publicado recientemente un informe sobre la correlación entre el uso de​ teléfonos inteligentes y el crecimiento económico. Según la investigación, el nivel de uso de esta tecnología no solo está aumentando rápidamente en economías avanzadas, sino que también lo hace en países con economías emergentes. Como puntos de referencia adicionales, el 39 % de la población japonesa tiene un teléfono inteligente mientras que el 59 % de la población de Turquía asegura depender del uso de internet móvil. Estas cifras se reducen en los países en desarrollo dada la relación que existe entre la educación recibida, el estatus socioeconómico y el acceso a la tecnología.

Sin embargo, tanto si nos encontramos entre las personas que utilizan sus dispositivos electrónicos para trabajar en remoto o simplemente estamos obsesionados con ellos debido a la cultura en la que vivimos sin importar cuánto tiempo los usemos para "trabajo", ha llegado el momento de centrar nuestra atención en el aspecto que podría tener un buen equilibrio tecnocorporal.

Para ello, decidí llevar a cabo un experimento informal durante dos semanas. El objetivo era explorar e indagar en cómo podría reflejarse el equilibrio tecnocorporal incluso mientras yo mismo fracasaba en lograrlo. Entonces, dividí mi experimento en tres categorías acordes a tres necesidades fisiológicas básicas:

- Dormir. Para mí y para muchas otras personas, el tiempo en la cama es un momento para por fin dejar de pensar en las tareas del trabajo y disfrutar de la posibilidad de no tener que concencentrase y poder dejar la mente en blanco. Pero para mí esto significa navegar por Instragram y Twitter de forma mecánica para cansar los ojos y que me entren ganas de dormir. A veces, paso hasta una hora así. Hasta que una noche decidí imponerme un límite de tiempo. Me di cinco minutos, y se pasaron volando. Al final de los cinco minutos me sentí irritada con la disciplina que yo misma me había autoimpuesto. Quería seguir, incluso a pesar de darme cuenta de que no había aprendido nada nuevo y que ni siquiera me había divertido en absoluto consultar mis rede sociales.

Claro, mi conciliación de la vida profesional y privada es correcta en esos momentos: no escribo correos electrónicos de trabajo desde la cama (bueno, también lo he hecho alguna vez). Pero, ¿y el equilibrio entre mi cuerpo y la tecnología? Mientras miro el móvil, fuerzo el cuello, mis muñecas se cansan de subir y bajar por la pantalla y mi atención sobre la brillante iluminación de mi dispositivo en lugar de prepararse para ir a dormir.

Como imponer un límite de tiempo no funcionó demasiado bien, decidí que necesitaba realizar un experimento más drástico: utilizar un despertador convencional por la mañana (en lugar de la alarma del teléfono) y dejar el móvil cargándose a unos pasos de la cama. De forma vergonzosa, esto me parecía una decisión muy radical. Y, ¿sabe qué? Lo fue. No miré el móvil antes de echarme a dormir, pude pensar a oscuras y dejar que mis ojos se cansaran solos.

- Comer. Nuestros cuerpos y mentes necesitan combustible para funcionar correctamente, y comer es lo que nos lo proporciona. Por supuesto, comer también puede suponer dificultades como el malestar digestivo en situaciones de estrés (al menos en mi caso) y por engullir la comida, como tantas otras personas, delante del ordenador mientras contesto correos electrónicos y pienso en un millón de cosas a la vez.

He intentado dejar de comer delante del ordenador, pero, sinceramente, ha sido muy difícil. No pude convertir esto en un hábito regular debido a cuestiones tan prácticas como tener un día muy ajetreado y poco tiempo para comer. Aun así, lo intenté en varias ocasiones y eso ya de por sí me pareció revelador.

¿Y si usted decide comer una vez por semana sin su móvil ni ordenador cerca? Puede parecer un poco inquietante, pero sentirá su propio cuerpo y podría descubrir incluso que es capaz de comer más despacio, masticar mejor y disfrutar mucho más de la comida.

- Moverse. Personalmente, me encanta hablar por teléfono mientras camino. Pienso que las ideas me vienen a la mente de manera más orgánica y con mayor facilidad cuando estoy en movimiento. Decidí que mi primer experimento sería simplemente caminar durante más llamadas, en lugar de atenderlas sentada y frente a una pantalla. Por supuesto que el entorno podría distraerle mientras camina, pero se trata de una distracción dinámica que impide que mire otro dispositivo. (No sé usted, pero yo tengo el terrible hábito de escribir correos electrónicos mientras respondo llamadas).

Para probar algo más radical, e incluso aterrador (por mucho que me cueste reconocerlo), decidí dar un paseo la otra tarde durante la jornada de trabajo y me dejé el móvil en el despacho... de forma muy deliberada. Noté cómo asaltaban mi mente pequeños recordatorios e ideas con más frecuencia de lo normal. Sentía la tentación de volver y coger el teléfono para apuntar algo en el calendario o en una aplicación de notas. Sin embargo, tuve que experimentar la dura incomodidad de saber que o bien recordaría lo que tenía que recordar de forma orgánica o simplemente se me olvidaría; tendría que afrontar las consecuencias. Este paseo me resultó especialmente incómodo porque lo di un día de mucho estrés y trabajo, pero, por supuesto, llegó el aprendizaje contrario a mi intuición: liberarme de los factores de estrés que suponen mi móvil y ordenador me proporcionó una gran sensación de amplitud y libertad a pesar de los momentos de pánico y desorientación. En un momento incluso metí la mano en el bolsillo y sentí la dolorosa punzada de realmente creer que había perdido el móvil.   

Como puede ver, el experimento no me resultó nada fácil. Claramente, tampoco supuso una "desintoxicación digital" estricta. Pero también creo que el equilibrio tecnocorporal no debería ser extremo. Los cambios de comportamiento y costumbres extremos me parecen poco sostenibles y productivos. Al igual que para conciliar la vida profesional y la personal, encontrar el equilibrio entre el cuerpo (la salud) y la tecnología es un experimento constante, uno que es distinto para cada uno de nosotros. La tecnología, igual que el "trabajo", en líneas generales, es algo positivo para cada uno de nosotros y para el mundo en el que vivimos. Pero es importante recordar que a menudo no necesitamos tener el móvil con nosotros, a pesar de lo mucho que podamos sentir que sí.