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Hoy en día, cuando hablamos de "clústeres" empresariales, nos solemos referir a la industria tecnológica de Silicon Valley, el sector financiero de Londres y Nueva York y los fabricantes de automóviles del sur de Alemania.

Sin embargo, la historia de los clústeres se remonta mucho más atrás en el tiempo. "Las empresas se han agrupado en redes de diferentes tipos a lo largo de la historia", escribe la Comisión Nacional del Empresariado de Estados Unidos. Según la organización, "el sistema medieval de los gremios era un primitivo ejercicio de trabajo en red".

Los clústeres más exitosos y longevos no están estancados. Una mirada retrospectiva a estas agrupaciones de larga duración pone de relieve la importancia de la capacidad de adaptarse para mantener un clúster vivo y lograr que los catalizadores que lo mantienen sigan en movimiento.

"El que no aplique nuevos remedios debe esperar nuevos males, porque el tiempo es el innovador más grande que existe", afirmó Francis Bacon. Hoy en día, cuando una multitud de empresas se enfrentan al salto desde los productos "tontos" a la creación de productos inteligentes y conectados, cuando las ciudades y las regiones tratan de pasar de la manufactura a los servicios, confiar demasiado en viejas fórmulas de éxito no hará más que bloquear esos clústeres en el pasado.

Un ejemplo de los que han evitado lo que yo llamo el "síndrome de bloqueo" es Bolonia, en Italia, uno de los clústeres más destacados y duraderos de la historia. Aunque muchas personas lo conocen por su grupo de maquinaria y envases, es posible que no se den cuenta de las profundas raíces históricas de esta industria ni de cuánto ha evolucionado con el tiempo.

Al igual que ocurre con muchos clústeres, en el núcleo de la agrupación de Bolonia existe una universidad. Fundada en 1088, el Studium de Bolonia fue la mayor innovación educativa del segundo milenio en Europa. La primera universidad académica europea fue el epicentro de los gremios de estudiantes ambulantes (clerici vagantes). Al sobreponerse a las barreras geográficas y concentrar el mundo de la educación en un solo lugar, el intercambio de ideas resultante entre estudiantes y profesores en ese clima de libertad generó espacios interactivos para la creación, la difusión y puesta en común de lo aprendido. Esos espacios se convirtieron en minas de experiencia, la misma de la que más tarde se extraerían las lecciones para la formación de clústeres.

Unos doscientos años más tarde, hacia finales del siglo XIII, empezamos a ver los primeros molinos de seda boloñeses, los mismos que luego se convirtieron en una gran industria. La mayor novedad reside en una extraordinaria máquina que ya se utilizaba en Lucca, a unos 150 kilómetros al suroeste de Bolonia. Esta máquina giratoria redonda y mecánica era capaz de retorcer docenas y docenas de hilos al mismo tiempo. La innovación de los fabricantes de seda boloñesa fue utilizar la máquina Lucca con una rueda hidráulica, en lugar de hacerlo a mano. Gracias a esta innovación tecnológica (posibilitada por los canales de Bolonia y por el amplio suministro de agua), para el siglo XV los molinos boloñeses habían pasado de la producción en pequeña escala a las fábricas de tres o cuatro plantas. Mucho antes de la Revolución Industrial, Bolonia utilizó esta combinación de potencia hidráulica y tecnología para llevar a escala europea la cría de gusanos de seda. Los hilados boloñeses se vendían a los dux de Venecia o se canjeaban por especias y sal; también se exportaban a los grandes mercados internacionales como a Francia, Alemania, Inglaterra e incluso al Este.

Pero cuando llegó la Revolución Industrial, la industria de la seda italiana de Bolonia también se resintió. A finales del siglo XVIII, los cambios en los gustos de los consumidores, los costes laborales y las nuevas tecnologías de producción provocaron la contracción de la industria. El resultado fue una recesión profunda y prolongada.

Sin embargo, hoy en día, el "Valle del Embalaje" boloñés se distingue internacionalmente por su capacidad para satisfacer las necesidades especializadas de los fabricantes de todo el mundo. Las empresas del clúster diseñan, fabrican y montan maquinaria de embalaje para una amplia gama de productos como productos de panadería, pastelería, bebidas, té, tabaco, medicamentos y químicos. Las empresas de la zona son conocidas por demostrar una sensibilidad especial a las necesidades del mercado de los fabricantes especializados que utilizan sus servicios. Los sistemas y máquinas se adaptan a las necesidades específicas de sus clientes, utilizan técnicas innovadoras y nuevos materiales de embalaje.

El valle del embalaje

¿Cómo dio este salto la ciudad? Académicos e investigadores lo explican a través de varios puntos de inflexión cruciales. Un momento clave fue cuando dos académicos pronegocios, el profesor de Filosofía Experimental en la Universidad de Bolonia Giovanni Aldini y el profesor de Economía Pública de la misma institución Luigi Valeriani, visitaron las nuevas escuelas técnicas y profesionales de Francia, Gran Bretaña, Alemania y Bélgica. Allí aprendieron las mejores prácticas de la nueva educación técnica y formación profesional en Europa. El fruto de su viaje fue primero la gestación y luego, hacia 1844, la creación de una escuela técnica que lleva su nombre. Los dos profesores defendieron y promovieron la mezcla del "aprender haciendo" dentro de la empresa y una educación más formal. Además, definieron y ofrecieron nuevas cualificaciones mecánicas. La Escuela Aldini-Valeriani se convirtió de este modo en la incubadora de una serie de nuevas empresas con un buen número de estudiantes que después optaron por crear sus propias empresas de embalaje.

Varios de los graduados de la escuela pasaron a trabajar para ACMA (Anonima Costruzioni Macchine Automatiche), una empresa de empaquetado fundada por el contable Gaetano Barbieri en 1924. Su primer cliente importante fue Gazzoni, una compañía farmacéutica local que fabricó un polvo llamado Idrolitina, el cual servía para agregar burbujas al agua potable. Las trabajadoras más hábiles medían el polvo a mano y después rellenaban paquetes de papel individuales. A principios de la década de 1920, como resultado del crecimiento del mercado de Idrolitina, Gazzoni decidió automatizar el proceso de envasado. A partir de 1927, Bruto Carpigiani,  un trabajador de ACMA, diseñó las máquinas de embalaje, una de las muchas invenciones mecánicas que creó. ACMA y Carpigiani están considerados hoy en día como una parte fundamental en el desarrollo del sector de la maquinaria de embalaje de Bolonia. Ya en la década de 1930, una serie de nuevas empresas de maquinaria de embalaje fueron creadas por trabajadores, técnicos y operarios influidos por ACMA.

Esta historia muestra que, aunque agruparse es un proceso orgánico que implica una formación autoorganizada y autosostenible que refuerza la interconexión de diferentes empresas y negocios, esto tampoco ocurre sin un catalizador de algún tipo. Ese catalizador es lo que inicia la "reacción clúster" y puede ser un puñado de personas capacitadas, pioneros empresariales locales y académicos excelentes. Según la situación, todos esos perfiles han actuado como catalizadores de un clúster. En el caso del clúster de maquinaria de empaquetado y envasado de Bolonia, los tres desempeñaron un papel importante.

Pero el catalizador no conseguirá mucho impacto si no se cuenta con un entorno amable en el que actuar. En Bolonia, una comunidad informal de intercambio de conocimientos apoyó la "reacción clúster": los obreros y los técnicos se reunían en cafés, donde, mientras jugaban a las cartas en pequeñas mesas, se involucraban con pasión en debates sobre los avances técnicos y los nuevos modelos de negocio que podían adoptar sus empresas. Estos encuentros dieron lugar a nuevas empresas en nuevos nichos de mercado​.

El clúster vivo

Además, un clúster nunca puede ser estático. Fueron las innovaciones novedosas de las máquinas de seda y la educación terciaria las que dieron lugar a la excelencia local de Bolonia en la ingeniería mecánica; pero, como el mundo cambió, Bolonia también tuvo que adaptarse. Hoy, con el auge de la maquinaria inteligente y conectada, el clúster de maquinaria de embalaje de Bolonia está reinventándose de nuevo, de "industrial" a "cognitivo": su futuro depende de los empresarios y educadores creativos responsables de las nuevas innovaciones. Y una vez más, tanto empresarios como formadores tendrán que compartir la responsabilidad. Como argumenta William Baumol, la educación del innovador incremental conduce al dominio de las vías ya disponibles del conocimiento y los métodos científicos. La inventiva innovadora requiere un enfoque poco ortodoxo de la educación, que favorezca el libre ejercicio de la imaginación.

Eso por sí solo supondrá un cierto avance. En palabras de Baumol: "Sabemos poco sobre la formación para la tarea crítica de la innovación revolucionaria". Este es un momento para reinventar el aprendizaje con la plena participación de los pensadores del Renacimiento, como sostiene el historiador y sociólogo de la ciencia en la Universidad de Harvard Steven Shapin, quien ha estudiado a las personas que conciben formas innovadoras de entender la educación, abren nuevos caminos y se alejan de la ortodoxia dominante de la enseñanza.

Las ciudades vivas se basan en clústeres capaces de adaptarse. Y la capacidad de adaptarse, depende a su vez de una educación centrada en el estudiante, en un "espacio de ideas", donde el proceso de ideación conduzca a un conocimiento útil tanto en los negocios como en la sociedad. El valor se crea en el origen del diálogo, a través de la interacción entre personas interdependientes y cuyas ideas puedan dar lugar a actividades empresariales relacionadas.

Los clústeres dinámicos parecen surgir por la casualidad de un encuentro imprevisto con una mente preparada. El papel que tenemos que desempeñar para mantener viva la dinámica de los clústeres es preparar la mente para mirar hacia el futuro.