TIM EVANS PARA HBR

El verano pasado se cumplieron 50 años de la publicación de El nuevo estado industrial de John Kenneth Galbraith y su meteórico ascenso a lo más alto de la lista de los libros más vendidos del New York Times. El libro fue uno de los rara avis en que un economista fue capaz de capturar toda atención del público y centrar el debate en los grandes temas económicos. Rara vez se ha visto algo similar desde entonces, aunque Thomas Piketty estuvo cerca en 2014 con su El capital en el siglo XXI.

Merece la pena releer el libro de Galbraith ahora que su tema está de vuelta en las noticias. Al igual que muchas personas hoy en día, él estaba preocupado por el poder empresarial fuera de control. Sin embargo, con el beneficio de verlo todo a posteriori, podemos ver que sus preocupaciones estaban en gran medida equivocadas. Ahí hay una lección para los economistas y reguladores contemporáneos.

En la actualidad, es difícil encontrar un economista que haya leído el libro; algunos seguramente ni siquiera hayan oído hablar de Galbraith. Yo no soy uno de ellos. Cuando estudié en Australia, lo hice con un programa curricular heterodoxo que enseguida me presentó autores como Galbraith. Teorizaba con un enfoque mucho más fresco y, seamos sinceros, sobre temas que parecían mucho más interesantes que los habituales de los libros de texto. Quería ser como él de mayor. Me costó cuatro años de posgrado quitarme esa idea de la cabeza. Así que, cuando recordé este aniversario, decidí abrir el libro más famoso de Galbraith con la intención de explicar lo mucho que se equivocó.

Un trabajo polémico

Lo que encontré no fue tanto una obra risible, sino un trabajo bien argumentado pero polémico. Era un libro de "grandes ideas" que planteaba una gran teoría, y aunque uno podría ser puntilloso con las pruebas, eso no lo hace menos sugerente. Según Galbraith, sin el control y la supervisión gubernamental -sin el contrapeso-, las grandes corporaciones acabarían controlando la economía y la política de Estados Unidos. Ese control públicó nunca llegó, pero tampoco el resultado que predijo Galbraith. No obstante, su teoría estaba tan bien planteada que me preguntaba por qué habría fracasado.

En realidad no se necesita leer El nuevo estado industrial para entender su historia. Galbraith observó, como ya habían hecho otros antes que él, que la economía estadounidense del siglo XX no se parecía mucho a la economía precedente. En grandes áreas de la actividad económica, no existía el mundo competitivo que, tanto entonces como hoy, domina los libros de texto básicos sobre economía. La realidad es que las industrias clave estaban dominadas por unas pocas empresas muy grandes, a veces incluso una sola. Si alguien hubiera venido del espacio exterior en 1967, todas esas grandes empresas le habrían parecido las burocracias planificadas del otro lado del telón de acero.

¿Por qué esas empresas eran tan grandes? La respuesta de Galbraith era que necesitaban serlo porque implementar nueva tecnología requería grandes cantidades de capital (piense en las grandes plantas de montaje de automóviles, las refinerías de petróleo y las plantas químicas).

¿Qué significaba eso? En primer lugar, que las empresas propietario=gerente no eran posibles. En su lugar, la propiedad de la empresa se distribuyó y divorció de la directiva de la compañía, la cual tenía los incentivos y las habilidades propias de los burócratas; se creó una burocracia.

En segundo lugar, a ninguna de estas personas le gustaba el riesgo. Por lo tanto, a diferencia del emprendedor audaz que invirtió con astucia y asumió el riesgo por la promesa de un buen retorno, estos gerentes-burócratas invirtieron sus esfuerzos en la reducción del riesgo. Se alejaron de posibles movimientos audaces con gran potencial y valoraron la rigidez como un objetivo a conseguir en vez de como un problema.

En tercer lugar, debido a que los gerentes no tenían incentivo por maximizar los beneficios, buscaron maneras más fáciles de obtener suficiente retorno para cubrir costes. Esto se tradujo en encontrar nuevas formas de asegurar la demanda de los productos existentes en lugar de inventar otros nuevos. Para algunas empresas, eso significaba acercarse al Gobierno por los grandes contratos disponibles durante la posguerra. Para otras, eso implicaba utilizar nuevas herramientas en marketing y persuasión para generar la demanda en los consumidores. Pero para todos ellas, suponía apoyar la gestión activa de estilo keynesiano de la demanda por parte del gobierno, la cual mantenía en último término la economía a flote.

La consecuencia estaba clara: la opinión del estadounidense sobre la economía estaba siendo secuestrada por el marketing moderno, y su visión sobren la democracia, suplantada por las necesidades de las grandes empresas.

Es una buena teoría. Sin duda se fundamenta en unos cuantos supuestos fácilmente discutibles. Pero la teoría en sí misma es coherente. A diferencia de gran parte de la economía moderna, es maravillosamente simple de entender y tiene implicaciones claras.

Estoy seguro de que no pocas personas habrán leído hasta este punto y se preguntarán si de hecho no se hizo realidad el escenario dibujado por Galbraith. La respuesta es no. Permítanme explicar por qué.

En primer lugar, se suponía que las grandes corporaciones de 1967 continuarían dominando el mercado. Por capitalización bursátil, las 10 mayores empresas hace 50 años eran AT & T, General Motors, Standard Oil, IBM, Texaco, DuPont, Sears, General Electric, Gulf Oil y Kodak. Hoy son Apple, Alphabet (Google), Microsoft, Amazon, Berkshire Hathaway, Facebook, Johnson & Johnson, Exxon Mobil, JP Morgan Chase y Wells Fargo. Es todo un cambio, pese a que AT & T y General Electric todavía están en la lista. Baste decir que las corporaciones dominantes de 1967 no tenían el control de sus destinos que Galbraith imaginaba. El autor predecía que las compañías más valiosas serían aquellas con más ingresos para realizar grandes inversiones en capital y mano de obra. Ese no fue el caso. Los ganadores de hoy no son galbraithianos.

En segundo lugar, en términos de todo el sector corporativo y en términos reales (ajustados por el crecimiento económico), las empresas más valiosas de hoy no son más valiosas que sus homólogas de 1967. Las corporaciones no han aumentado su presencia y control de la forma en que Galbraith predijo.

Por tanto, los propios cimientos de El nuevo estado industrial no se sostienen. ¿Por qué? He aquí mi propia conjetura. En 1967, la escala de la gran empresa estadounidense planeada y gestionada de forma centralizada había alcanzado sus límites en gran medida. Pasado ese punto, crecer requería más que encontrar nueva demanda. De hecho, el marketing moderno solo puede aportar hasta un límite (aunque la demanda y los contratos públicos pueden ser otra cuestión). Con el tiempo, crecer más fue también cada vez más caro, lo que mermó los beneficios de las empresas.

Para Galbraith, esto no suponía un problema porque los propietarios del capital estaban fragmentados y tampoco tenían poder; simplemente tendrían que resignarse a un peor rendimiento. Con cierta ironía, Galbraith omitió un gran contraefecto: el capital financiero se organizó y se agregó, se agrupó. Hoy en día, los grandes fondos (como BlackRock y Vanguard) dominan el mercado de valores. Las firmas de capital de inversión y capital riesgo compraron las acciones tradicionales de las empresas e intervinieron en su gestión (una de ellas, Berkshire Hathaway, es hoy una de las 10 compañías más valiosas).

La agrupación del capital en diferentes fondos terminó con la burocracia a través de la externalización (facilitada también por la globalización). Las necesidades del capital se satifacieron, pero las ventas se estancaron. En otras palabras, el Gran capital se convirtió en el contrapeso de la Gran corporación.

Que Galbraith no lo viera resulta irónico porque era perfectamente coherente con su cosmovisión expuesta en un libro anterior: El Capitalismo Americano. En él, Galbraith describía cómo los grandes grupos empresariales y los grandes sindicatos controlaban la economía. No hacía falta un gran esfuerzo para intuir el surgimiento del Gran capital.

El nacimiento del Gran capital

Una de las razones por las que surgió el Gran capital fue la competencia. Como se ha comprobado con el tiempo, la tecnología que en teoría impulsó las grandes corporaciones también empujó a sus competidores. La competencia vino de fuera de los Estados Unidos. Primero, y de forma muy notable, de Japón. Hoy, muchos otros. También de las nuevas tecnologías, la más reciente internet.

El nuevo estado industrial, tal y como fue descrito por Galbraith, fue disrumpido. Pero lo que tenemos en su lugar no es tampoco antigalbraithiano. Para empezar, las empresas que sí requieren grandes inversiones de capital parecen mantener todavía una estrecha relación con el Gobierno. Piense en los acuerdos del estado de Wisconsin (EE. UU.) con Foxconn para financiar su inversión durante unas dos décadas con la esperanza de fomentar el empleo. Si Galbraith escribiera su libro de nuevo, ese sería un capítulo destacado en cualquier edición actualizada.

Por otro lado, en 1967, el que luego sería Premio Nobel de Economía Robert Solow (el economista de los economistas, tanto entonces como hoy) machacó a Galbraith por sus supuestos sobre una demanda creada artificialmente y fácilmente por la publicidad. Sin embargo, dos empresas que hoy figuran entre las 10 primeras del mundo, Google y Facebook, obtienen prácticamente todos sus ingresos a través de ella. Los economistas pueden argumentar que toda esta publicidad es de suma cero, que no añade mucho a la economía real, pero el hecho de que muchas empresas continúen invirtiendo tanto en ella debería causar alguna duda.

Por último, las grandes empresas tecnológicas son galbraithianas a su manera. Al contrario de lo que planteaba Galbraith, estas compañías son capaces de crear grandes cantidades de beneficios con muy pocos gastos de capital. Sin embargo, todas y cada una de ellas han sido criticadas por no actuar en interés de los accionistas y, en su lugar, perseguir la ambición personal de sus fundadores. La fórmula para una existencia corporativa acogedora y autónoma no fue el tamaño y la gestión de la demanda, sino los costes bajos y las fuentes de ingresos cómodos.

Al final, quizá no tengamos una economía estadounidense tan dominada por los tecnócratas corporativos que Galbraith imaginó. Pero sí que tenemos otra controlada por multimillonarios alineados con el Gran capital. Si Galbraith estuviera vivo, sin duda estaría preocupado por esta concentración de poder. Y esta vez, su crítico Robert Solow también podría compartir su preocupación.