STEVEN MOORE PARA HBR

Según un coro de críticos cada vez mayor, Estados Unidos tiene un "problema con los monopolios". Lo ha dicho el economista ganador del Premio Nobel Joseph Stiglitz. También la senadora demócrata de Estados Unidos Elizabeth Warren. No son las únicas personas. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha calificado a Amazon como un "monopolio sin impuestos". En respuesta, los expertos, los políticos y los think-tanks o laboratorios de ideas están renovando su interés en las políticas antimonopolio.

Pero, ¿realmente está controlado Estados Unidos por los monopolios? Y, ¿son las políticas antimonopolio la respuesta? Hablamos de ello con el profesor de la Escuela de Negocios Hass de las Universidad de California en Berkeley (EE.UU.) Carl Shaphiro. Experto en políticas antimonopolio, Saphiro también ha trabajado para el Departamento de Justicia de EE.UU. durante los gobiernos Obama y Clinton, además de formar parte del Consejo de Asesores Económicos de Obama.

En un nuevo trabajo, Shapiro examina las pruebas de la supuesta y creciente concentración empresarial dentro de la economía de EE.UU., analiza si esta dinámica supone una marca de la competencia y define el rol que, considera, deberían tener las políticas antimonopolio en el futuro. Hablé con él por teléfono y correo electrónico. Lo que sigue son extractos de nuestra conversación, editados por razones de longitud y claridad.

¿Por qué publicar ahora este trabajo: Antimonopolio en tiempos de populismo?

Shapiro: La elección de Trump, por supuesto, tiene algo que ver. Pero es más que eso. Durante las elecciones de 2016, los dos grandes partidos afirmaban que el sistema estaba amañado y que el pequeño [empresario, trabajador] no recibía un trato justo. Esa sensación estaba dirigida en parte al Gobierno, pero también a las empresas. No son pocos los estadounidenses que parecen creer que unas pocas y grandes compañías poderosas controlan el sistema y que los individuos y las pequeñas no reciben un trato justo.

En concreto, bastantes periodistas, analistas políticos y los propios políticos han estado hablando de lo que ven como el declive de la competencia en Estados Unidos durante los últimos 30 o 40 años. Detallo esto en mi trabajo. Esa afirmación dirige la atención a la pregunta de si las políticas antimonopolio de alguna manera nos han fallado.

Si aumenta la concentración empresarial, ¿se trata realmente de una pérdida de competencia?

En realidad no nos interesa la concentración en sí misma. Usamos la concentración del mercado como una muestra o señal de si un mercado es competitivo. Dedico mucho tiempo en el trabajo a analizar los datos e intentar responder a la pregunta de si los mercados de EE.UU. se han concentrado de manera significativa durante los últimos 20 o 30 años. Existen algunos importantes problemas de medición. Mucho de lo que se ha dicho sobre los cambios en la concentración carece de una base sólida si se estudian los indicadores en detalle. Veo un aumento en la concentración, pero no a niveles que indiquen la presencia de muchos monopolios, ni siquiera de oligopolios entrelazados.

Pero la pregunta más importante es: ¿qué hacer con el incremento de concentración que sí identificamos? Hay dos interpretaciones muy diferentes. Una es que cuando un mercado se concentra más, significa que es menos competitivo y por tanto tenemos un problema. No es una idea nueva. De hecho, fue bastante popular durante las décadas de 1950 y 1960. Hoy, muchas personas parecen adoptar esa visión sin darse cuenta siquiera de que existe una interpretación alternativa perfectamente coherente.

Esta perspectiva alternativa, la segunda a la que me refería, atribuye el aumento de la concentración a economías de escala crecientes. Es decir, a que las empresas más grandes tienden a ser más eficientes que las más pequeñas. Desde ese punto de vista, las compañías más grandes terminarán por superar a sus rivales más pequeñas. Eso es lo que ocurre de forma natural cuando las empresas compiten y existen economías de escala notables. Por tanto, una vez se producen economías de escalas y algunas compañías se revelan más eficientes que otras, esas empresas también se hacen más grandes y terminan por tomar el control, lo que es probable se traduzca en una mayor concentración de mercado. Además, los economistas industriales entienden bien y asumen que muchos mercados están por definición concentrados de forma natural. Esta, entonces, es la explicación alternativa: al menos parte de la creciente concentración que vemos es el reflejo de los procesos competitivos en curso.

¿Cuál debería ser entonces el papel de las políticas antimonopolio? ¿Qué principios y criterios deberían seguir?

En Estados Unidos, existen principios bien establecidos sobre las políticas antimonopolio. Son bipartidistas. Son de larga data. Las agencias antimonopolio, los abogados privados, las políticas antimonopolio y los tribunales siguen esos principios. Todo el mundo que trabaja en esta área ha convergido en estos principios durante los últimos 50 años. Hemos exportado incluso esos principios al resto del mundo. Lo que resulta sorprendente es que ahora parecen estar otra vez en tela de juicio. Se están cuestionando sin tampoco ofrecer, en mi opinión, ni una base coherente para ello ni tampoco una alternativa factible.

Entonces, ¿cuáles son esos principios? Primero, que el objetivo de las políticas antimonopolio es asegurar que los consumidores se beneficien de las fuerzas de la competencia. Eso significa varias cosas. En primer lugar, debemos asegurarnos de que las fusiones no eliminen la competencia. En segundo lugar, no podemos permitir que las empresas formen cárteles para coludir en lugar de competir. En tercer lugar, no podemos permitir que las empresas grandes y poderosas empleen tácticas represivas ni excluyan a los competidores que las amenacen. El hilo conductor es que las políticas antimonopolio impiden que las empresas hagan cosas, ya sea por sí mismas o en grupo, que interrumpan el proceso competitivo y perjudiquen a los consumidores. Ese es el principio central, eso es lo que intentamos hacer con las políticas antimonopolio.

Ahora, comparemos eso con dos cosas que no intentamos hacer. En primer lugar, las leyes antimonopolio no disuelven ni regulan una empresa simplemente porque haya crecido hasta convertirse en grande y poderosa. Existen otras leyes para ello. Si concluimos que una industria es un monopolio natural, por lo que la competencia en esa industria simplemente no puede funcionar, tenemos que recurrir a la regulación del precio o de la tasa de rendimiento. Es lo que hacemos con los servicios públicos. 

Las medidas antimonopolio, sin embargo, no castigan a las empresas por ser exitosas, ni siquiera cuando se vuelven dominantes. A veces, una empresa tiene mucho éxito y logra una posición dominante dentro del mercado. Pero mientras esa empresa no excluya a sus competidores ni fomente la "monopolización", las leyes antimonopolio aceptarán esa situación como parte, como resultado, del proceso competitivo. Esto se remonta a la Ley Sherman de 1890, que prohíbe la "monopolización" pero no el "monopolio".

En segundo lugar, las políticas y medidas antimonopolio no protegen a las pequeñas empresas de la competencia de las más grandes. Intentan desatar las fuerzas de la competencia, no estrangularlas. Durante más de 100 años, ha habido intentos políticos para proteger a las pequeñas empresas. Está bien. Pero si llegamos a la conclusión de que es un objetivo social importante, debe lograrse a través de otros medios como el sistema impositivo y la regulación, no a través de la defensa de la competencia.

Me llama mucho la atención lo parecido que puede resultar el debate de hoy al de hace cincuenta años y también al de hace cien años. Es como si hubiera ciclos de 50 años en los que este tipo de sentimientos populistas resurge y apunta a las políticas antimonopolio como solución de ciertos problemas que, básicamente, no tienen que ver con la competencia.

¿Por qué no son adecuadas las políticas antimonopolio?

El más importante es el poder político excesivo de las grandes empresas, el que puedan escoger sus propios reguladores e influir en el Congreso en lo que a las reglas del juego se refiere, desde las políticas ambientales hasta las políticas laborales y fiscales. Creo que es un gran problema y, de hecho, forma parte de un problema más amplio de corrupción generalizada por el cual el dinero tiene una enorme influencia en la política. En absoluto soy la única persona a la que le preocupa, pero las políticas antimonopolio no pueden resolverlo. La solución debe surgir de la reforma de la financiación de las campañas políticas, una mayor transparencia, una definición legal más amplia de la corrupción y otras políticas la misma línea.

El segundo gran problema que la gente pide que las medidas antimonopolio resuelvan la desigualdad salarial, que redistribuyan la riqueza. Las medidas antimonopolio eficaces, por supuesto, ayudan de alguna manera a reducir la desigualdad porque protegen a los consumidores. Pero no pueden ser la principal forma de solucionarla. Eso tiene que depender de las políticas fiscales y otras igual de importantes como la sanitarias y las educativas.

¿Podría crearse algún esquema parecido al de los servicios públicos para limitar la autonomía de las grandes empresas tecnológicas?

Estamos en un momento en el que se habla mucho de eso, y no creo que el debate desaparezca demasiado deprisa. No me opongo de forma intrínseca a ciertas formas de regulación, sobre todo si están bien diseñadas. Solo le pido a quien sugiera algo así que se pregunte: ¿Cuál es exactamente el problema que se intenta resolver? ¿Qué entidad se encargaría de la regulación? ¿Cómo se evitaría que las empresas controlaran esa entidad? ¿Sería viable? Si bien las normativas ambientales, de salud y seguridad han sido un gran éxito y han salvado muchas vidas, también hemos aprendido a lo largo de 50 años intentando mejorar diferentes industrias que el control de los precios y de entrada y salida a menudo no funciona demasiado bien. El mejor ejemplo fue la regulación de las aerolíneas: tuvieron que liberalizarse hace 40 años.

En cuanto a las empresas tecnológicas de hoy, un ejemplo puede ser exigir a las compañías que revelen e identifiquen qué es publicidad política y quién la ha pagado. ¿Por qué no? Podría ser una buena opción. Quizá haya algunos problemas técnicos, pero parece una muy buena idea. Otras normas tienen que ver con el control de los usuarios sobre su propia información personal y actividad en línea, algo a lo que también estoy bastante dispuesto.

Pero cuando la gente expresa preocupaciones generales sobre el poder de las grandes empresas tecnológicas y se apoyan en las regulaciones para controlarlo, soy más escéptico. Piensa en el caso de Facebook. Claramente, es una empresa grande y poderosa gracias a su gran red social. Pero, ¿qué problema resolvería regularla y de qué regulación específica estamos hablando? Si hay alguien que quiera presentar una propuesta para una regulación de amplio espectro y que afecte a Facebook, adelante, lo escucho. Pero no creo que resulte fácil controlar el poder económico de las grandes empresas tecnológicas a través de la regulación. La mejor manera de hacerlo es asegurarse de que estén sujetas a las fuerzas de la competencia.