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La mayoría de los estadounidenses se benefician del crecimiento económico a través de los salarios que reciben por su trabajo y no de los ingresos por inversiones u otros instrumentos financieros. Desafortunadamente, a muchos de estos trabajadores no les ha ido especialmente bien durante las últimas décadas. Desde principios de la década de 1970, el salario por hora ajustado a la inflación del trabajador medio tan solo ha aumentado un 0,2 % por año. En otras palabras, aunque la economía crece, la principal forma en que la mayoría de las personas se beneficia de ello no.

Comprender cómo y por qué se produce este estancamiento no es solo una cuestión académica. Repensar las políticas públicas estadounidenses para que más personas se beneficien del crecimiento económico es fundamental. En un reciente informe del Proyecto Hamilton dentro del Insituto Brookings, llamamos la atención sobre los que, consideramos, algunos de los cambios más importantes durante las últimas décadas. También destacamos lo que pensamos que se necesita para que el trabajador medio logre una mejora salarial.

Para que los salarios crezcan de forma sostenida, la productividad de los trabajadores debe aumentar. Esto significa que los trabajadores siempre deben producir más por hora, lo cual logran muchas veces gracias a nuevas tecnologías y capital. Asimismo, los trabajadores deben recibir una parte coherente de ese aumento de productividad, no ver cómo se reduce su participación en los ingresos. Por último, para que el trabajador promedio experimente un aumento, es importante que las ganancias de los trabajadores se repartan por toda la estructura salarial. Si los salarios suben pero solo para los trabajadores mejor remunerados, el trabajador medio no verá ningún beneficio. Dos de estas condiciones no se han cumplido, lo que explica que la productividad aumente a la vez que el salario medio se estanca.

Trabajadores con menos poder de negociación

Si se compara con las últimas décadas, llama la atención que la participación del factor trabajo en los ingresos no se mantiene: ha pasado de casi un 65 % a mediados de la década de 1970 a menos de un 57 % en 2017. Aunque parte de esta caída se debe a las limitaciones de los propios indicadores, una gran parte se podría explicar por el avance tecnológico y los cambios en el mercado, algo que no siempre ha beneficiado a los trabajadores. Es más, incluso cuando la participación del trabajo en los ingresos se ha reducido, la desigualdad salarial no ha hecho más que aumentar. Desde finales de la década de 1970, los trabajadores que se encuentran en la parte superior de la estructura salarial han acumulado subidas y beneficios; los de la mitad inferior y media, o han perdido salario o se ha estancado.

Atribuir una responsabilidad (relativa) a la política y la economía de la desigualdad y la caída del factor trabajo es todo un desafío. Por un lado, el comercio internacional y el progreso tecnológico han presionado a la baja los salarios del personal menos cualificado. Un ejemplo: a medida que las importaciones de países con menos costes salariales conquistaban la manufactura estadounidense, la pérdida de puestos de trabajo fue notoria en no pocas áreas. En paralelo, la industria estadounidense ha aprendido a producir más con menos trabajadores. Tanto un cambio como el otro se han traducido en nuevos productos y precios más bajos, beneficios para toda la sociedad pero que también han supuesto la deslocalización de empresas y la caída de los salarios de los trabajadores menos cualificados.

También sabemos que a los trabajadores más formados les ha ido mejor. Los salarios de las personas con titulación universitaria aumentaron un 168 % en comparación con el 134 % de los trabajadores con estudios secundarios. Nadie duda que una buena educación ha ayudado a mejorar el salario de muchos trabajadores, pero la realidad es que la mayoría de los estadounidenses no ha completado un título superior.

La política interior también ha influido, sobre todo las decisiones que han afectado al poder de negociación de los trabajadores. Por ejemplo, la reducción del salario mínimo ajustado por inflación, junto con la caída de la afiliación sindical, han supuesto peores sueldos para muchos trabajadores en la parte inferior y media de la estructura salarial del país.

Los salarios siguen sin crecer

El estancamiento salarial de los últimos 40 años también está relacionado con algunos acontecimientos y dinámicas que pueden haber reprimido el crecimiento de la productividad, el cual se ha frenado desde 1973 con la excepción de un incremento entre 1995 y 2004. Algunas de las tendencias más inquietantes se pueden agrupar libremente dentro del epígrafe de "caída del dinamismo". Hoy es mucho menos probable que un trabajador cambie de estado para trabajar (menos del 2 % en comparación con el 3 % de hace 40 años). También es menos probable que cambien de trabajo. La posibilidad de encontrar trabajos y ciudades en las que mejorar se ha reducido.

El dinamismo de las empresas también ha caído. A finales de la década de 1970, el 14 % de las empresas tenían menos de un año de vida. Los datos más recientes muestran que ahora solo es el 8 %. Dado que las empresas emergentes y en expansión siempre han sido un motor de crecimiento salarial, un panorama de compañías cada vez más "ancianas" también puede contribuir a los salarios pobres de los trabajadores.

Desde la crisis financiera mundial, el crecimiento de los salarios (sin ajustar a la inflación) también es lento. Puede ser el resultado de una baja inflación (el crecimiento de los salarios reales en los últimos años ha superado las tasas de las décadas de 1980, 1990 y 2000, pero aún es bajo) y también puede ser la resaca de una recesión severa. La inactividad del mercado de trabajo es una de la causas de la caída salarial al inicio de cualquier recuperación y aún puede tener algún impacto más: a más trabajadores en busca de empleo, menos capacidad de estos para exigir un sueldo alto. La reincorporación de trabajadores desempleados y la llegada de nuevos profesionales también pueden implicar un crecimiento salario más lento: sus salarios suelen ser más bajos que los de las personas que ya están en el mercado. Sin embargo, un crecimiento especialmente lento de la productividad durante la última década junto a las fuerzas a largo plazo mencionadas antes también son clave para explicar el lento crecimiento de los salarios.

Se han necesitado muchos factores -algunos como resultado de decisiones políticas deliberadas, algunos de dinámicas económicas generales- para producir décadas de estancamiento salarial para el trabajador medio. Del mismo modo, se necesitarán muchas reformas graduales y nuevas políticas para restablecer las condiciones que puedan sostener un crecimiento robusto y amplio, que llegue a todo el mundo, de los salarios. No existe ninguna panacea para el aumento salarial, pero muchas políticas ayudarían: aumentar el salario mínimo, aumentar el poder de negociación de los trabajadores (incluso mediante la reducción de contratos con cláusulas que prohíben la competencia entre empresas), asegurar una demanda laboral adecuada a través de una política fiscal o monetaria más flexible, aumentar el dinamismo mediante políticas favorables a la movilidad y el espíritu emprendedor y mejorar en general las políticas educativas y sobre productividad. Dadas las tendencias de larga data y las limitadas mejoras de los niveles de vida de muchos trabajadores, tomar medidas para aumentar el crecimiento salarial es una de las necesidades más importantes a las que se enfrentan los líderes políticos.