LAURA SCHNEIDER PARA HBR

Hace 14 años, dejé Los Ángeles (Estados Unidos) para enseñar inglés en la zona rural de Ghana. Esperaba, como muchos otros jóvenes apasionados y con grandes sueños, marcar la diferencia donando mi tiempo como profesor durante seis meses. A mi llegada a la aldea, me sorprendió descubrir que mis estudiantes, oyentes ávidos de La Voz de América y la radio de la BBC, ya hablaban bastante bien inglés; algunos, incluso, me hablaban de la visita oficial del presidente Clinton a África. Se trataba de niños ciegos y de visión débil de familias cuyos ingresos eran menos de tres dólares (2,5 euros) al día.

¿Cómo era posible? Había conocido qué era la pobreza y la guerra en el continente africano a través de innumerables programas de televisión. Sus ciudadanos necesitaban ayuda. Necesitaban que les enviáramos comida y ropa, que les enseñáramos a construir pozos y escuelas. Pero cuando llegué, casi todas las personas pobres con las que hablé me dijeron lo mismo: "no queremos ayuda, queremos trabajo". Pasé los cuatro años siguientes estudiando Economía del Desarrollo en Harvard, diseñando una especialidad que se enfocara en el desarrollo del continente africano. Después trabajé en el Banco Mundial para seguir comprendiendo el problema de la pobreza y cómo solucionarlo.

Mi conclusión después de todo este tiempo no es ninguna novedad. Pero merece la pena repetirla porque hemos perdido el rumbo: el trabajo es el arma más poderosa que tenemos para combatir la pobreza y todos sus efectos secundarios, desde la desnutrición infantil hasta la mortalidad materna, tanto en nuestros propios países como en el resto. Necesitamos modernizar la capacitación laboral, incentivar a las empresas a contratar a personas con bajos ingresos y alentar a los consumidores a apoyar a esas organizaciones que #DanTrabajo, no ayuda.

El año pasado, las 2.000 empresas más grandes del mundo gastaron aproximadamente 12 billones de dólares en bienes y servicios. Gran parte de ese dinero acabó de forma directa en las manos de los productores de materias primas en los países pobres. El movimiento en defensa del comercio justo fue un primer paso importante para trabajar en el acceso a estas reservas de capital y financiar directamente la reducción de la pobreza. Iniciado en la década de 1950, el movimiento alentó a los proveedores y productores de bienes básicos como el café, el chocolate, el azúcar y el algodón a adherirse a un estricto conjunto de principios básicos que incluían, entre otros puntos, el trabajo con comunidades marginadas y el pago de salarios dignos. Los resultados fueron buenos. Por ejemplo, Starbucks obtiene todos sus granos de café para Europa de productores certificados como comercio justo y la empresa holandesa Fairphone vende el primer teléfono Android del mundo fabricado a partir de minerales extraídos de forma ética y justa.

Más trabajo y menos limosnas

Sin embargo, pienso que necesitamos algo más ambicioso y sencillo para incentivar a las empresas y a los consumidores a pensar de forma diferente sobre la ayuda al desarrollo: un modelo llamado "impact sourcing", o externalización responsable socialmente, que impulsa la creación de plantillas (ya sea de forma directa o a través de proveedores) lo suficientemente diversas económicamente como para incluir a algunas de las personas más desfavorecidas del mundo. Este cambio podría, según nuestra estimación, sacar de la pobreza a millones de personas en un solo año.

Nueve años atrás, fundé una empresa social pensada y diseñada para facilitar este cambio: Samasource, cuyo nombre viene de la palabra sánscrita Sama que significa “igual”. La compañía alcanzó la rentabilidad el año pasado y ahora es la mayor empresa de servicios de datos en el este de África. Samasource da trabajo hoy a más de 1.200 personas de bajos ingresos que trabajan en sencillas tareas en línea para ​grandes empresas. Contratamos personas que viven por debajo del umbral local de la pobreza, les ofrecemos formación, beneficios y salarios dignosHasta la fecha, hemos ayudado a que aproximadamente 36.000 personas —9.000 trabajadores y sus familias— pasen de 2,50 dólares al día a más de 8,50 dólares al día (de 2,11 euros a 7,2 euros), lo que se ha traducido en mejor alimentación, viviendas más seguras, mejor atención médica y educación. A través de algunos de nuestros programas en las zona urbanas de Kenia hemos sido capaces de aumentar los ingresos de los participantes un 42 % tras cinco meses y un 184 % tras cuatro años. No es fácil comparar los resultados directos de los programas de ayuda, pero los análisis sobre otras iniciativas que ofrecían transferencias incondicionales de efectivo a las personas pobres, otra táctica de reducción de la pobreza, muestran que en las zonas rurales de Kenia y Uganda se logró un incremento de los ingresos del 33 % tras cinco meses y del 41 % tras cuatro años.

Mientras tanto, nuestro programa de capacitación para trabajadores en Estados Unidos Samaschool ha formado a más de 50.000 personas y les ha ayudado a entrar en el nuevo ecosistema de trabajo en línea a través de plataformas como Care.com y páginas de trabajo por internet como Upwork, la plataforma más grande ya para los trabajadores autónomos. Somos la única organización sin ánimo de lucro en Estados Unidos centrada en ayudar a la gente pobre a través de la búsqueda de este tipo de trabajo desde casa.

Pero para que el "impact sourcing" se extienda, necesita recibir más atención y compromiso por parte de las empresas. Por ejemplo, la mayoría de los delincuentes convictos en mi estado natal, California, son drogadictos no violentos y cumplen condena porque la única manera que tenían de ganarse la vida era el crimen. Varias empresas sociales como Homeboy Industries, que posee una panadería entre otros negocios en Los Ángeles, y Delancey Street, que tiene un restaurante y un servicio de mudanzas, emplean a exconvictos a los que pueden llegar a cambiar la vida. Si se crean nuevas compañías a partir de este tipo de compañías —y se les empuja a ello a través de ventajas fiscales— estos programas laborales de inclusión crecerán sin duda más y más rápido.

La empresa de yogures Chobani ofrece otro ejemplo de "impact sourcing". El fundador, Hamdi Ulukaya, un inmigrante turco, ha sido claro sobre su compromiso para dar trabajo a los refugiados en su plantas al norte de Nueva York e Idaho, la más grande de la compañía. "Por mi experiencia, sé que en el momento en que un refugiado tiene trabajo, deja de ser un refugiado", explica.

Pero esta contratación socialmente responsable no es solo una medida superficial, de marca. También puede ser beneficiosa para la cuenta de resultados y ayudar a atraer talento y consumidores con mentalidad y conciencia social. Según una encuesta de Cone Communications, el 80 % de los milénicos quiere trabajar para una empresa que se preocupe su impacto en la sociedad y el 90 % cambiaría de trabajo si este está asociado con una buena causa.

Dar trabajo no es la respuesta a todos los problemas, por supuesto. Hay muchos casos en los que dar trabajo no es posible: en una zona de conflicto, por ejemplo, o después de un desastre natural. En estos casos, el mejor enfoque puede ser transferencias en efectivo u otras formas de ayuda que se utilicen como sustituto temporal, la forma en que se planteó la ayuda exterior desde Europa tras las Segunda Guerra Mundial.

Pero imaginen cómo sería el mundo -y también Estados Unidos y otros países desarrollados- si tomáramos medidas para #DarTrabajo en lugar de limosnas a las personas que más lo necesitan, si pagáramos salarios dignos y les permitiríamos escapar de la pobreza.