Tras la votación del Brexit en Reino Unido y la elección a presidente de Donald Trump en Estados Unidos, la globalización empieza a percibirse como una patata caliente política en lugar de como un demandado camino hacia la prosperidad. Esta violenta reacción populista nos recuerda que los beneficios de la globalización no se reparten de manera igualitaria, algo que acaba por cuestionar la idea de que las fronteras deban estar abiertas para el comercio, además de generar inquietudes acerca de lo que podría pasar en caso contrario. La semana posterior a la elección de Trump, el número de búsquedas de Google de "guerra comercial" se multiplicó por siete, y sigue al alza.  

A pesar de este cambio, un importante número de expertos sigue defendiendo el potencial virtualmente ilimitado de la globalización. La mayoría se centra en la digitalización y en las tecnologías de comunicación, aunque se siguen prestando atención a las infraestructuras del transporte (por ejemplo, Connectography de Parag Khanna).

Me gusta referirme a esos exagerados puntos de vista sobre la globalización como "globaloney" [NdT: un juego de palabras que combina los términos anglosajones globalization (globalización) y baloney (tontería)], un término acuñado durante la década de 1940 por Clare Boothe Luce. La famosa propuesta de Thomas Friedman de que, gracias a internet, "la Tierra es plana" (presentada en un libro de 2005 con el mismo título) articula esta idea de una manera clara y sencilla, y también errónea.

Un reciente ejemplo de globaloney relacionado con la digitalización es The Age of Discovery, de Ian Goldin y Chris Kutarna, que sostiene que, gracias al aumento radical de la conectividad, podríamos estar al borde de un renacimiento global. Por suerte, tres días después de las elecciones estadounidenses participé junto a Goldin en un panel sobre la globalización y el riesgo, donde sugerí que Trump ejemplifica el tipo de riesgo que podría descarrilar un renacimiento global. Goldin respondió: pase lo que pase con los flujos físicos a causa de, por ejemplo, una guerra comercial, esto no interferiría con el crecimiento explosivo de los flujos digitales transfronterizos.

Aunque estoy de acuerdo en que la digitalización puede facilitar la globalización en ciertos aspectos (como ayudar a que las empresas pequeñas exporten), detallaré ocho motivos por los que sigo sin estar convencido de que las tecnologías digitales sean suficientes, dado todo lo demás que está sucediendo en el mundo, para impulsar la globalización:

  1. Durante más de 150 años se ha pregonado la capacidad de las nuevas tecnologías para unificar el mundo. El mal historial previo de este tipo de proclamaciones suscita dudas acerca del potencial de las más recientes. La propuesta de Friedman de que la Tierra es plana nació del ejemplo del software indio. Más de una década después, los exportadores indios de software, que aún generan más del 80% de sus ingresos, y en la mayoría de los casos todos sus beneficios, en mercados angloparlantes, siguen siendo muy sensibles a las regulaciones de visado y subcontratación (una marcada preocupación ahora mismo). Están invirtiendo cerca de clientes occidentales para desplazarse hacia la parte superior de la cadena de valor (hacia la consultoría) y aún dependen mucho de que los programadores de software radicados en la India cuesten una fracción de lo que cuestan los occidentales (una diferencia que se esfumaría rápidamente en un mundo realmente plano).
     
  2. Al estudiar los datos, la proporción internacional de llamadas telefónicas, contactos en Facebook, tráfico de internet, comercio electrónico y vínculos de Twitter oscila entre un 5% y un 25%. En otras palabras, las interacciones nacionales se imponen sobre las internacionales en todas estas categorías digitales. Las fronteras nacionales aún importan muchísimo, igual que la distancia en múltiples dimensiones. Las diferencias de idioma aún tienen un gran efecto atenuador en todo tipo de comunicaciones internacionales.
     
  3. Los niveles de internacionalización de los flujos digitales sí parecen, al menos en algunas categorías (el tráfico de internet y el comercio electrónico), estar aumentando con el paso del tiempo, pero de manera modesta en lugar de explosiva. Mientras que el último informe de McKinsey sobre la globalización digital menciona por lo menos seis veces que los flujos de datos internacionales se han multiplicado por al menos 45 desde 2005, los flujos de datos nacionales también han aumentado enormemente durante el mismo período. Mi mejor estimación es que la proporción internacional de tráfico de internet se ha duplicado desde 2005. Es un gran salto, pero dista mucho de multiplicarse por 45. El bombo respecto al crecimiento absoluto de los flujos internacionales no es una guía útil para valorar el aumento de la internacionalización.
     
  4. Aunque el nivel de internacionalización de los flujos digitales estuviera creciendo de forma explosiva, no limitar su peso podría inundar todo lo demás, incluido el comercio no electrónico y las inversiones. Considere, por ejemplo, las llamadas telefónicas transatlánticas a principios de la década de 1930, justo después de que se inaugurara el servicio entre Nueva York (EE.UU.) y Londres (Reino Unido). Si se analizan por separado, las astronómicas tasas de crecimiento hubieran sugerido una robusta globalización. Pero, de hecho, pronto se produjo una caída del 67% del comercio global a principios de la década de 1930, por lo que generalmente se considera que ese período marca el final definitivo de la primera ola de globalización.
     
  5.  Centrarse en los flujos digitales también pasa por alto el hecho de que algunos de ellos no se pueden desconectar de otros flujos físicos, que según el consenso general están más sujetos al poder de los gobiernos nacionales. El comercio electrónico transfronterizo seguramente decaería si los bienes no pudiesen atravesar fácilmente las fronteras para cumplir con los pedidos. Y los flujos de personas estimulan tanto los flujos del comercio como los de la información. Las parejas de países con el mayor tráfico telefónico también se cuentan entre las principales rutas de migración.
     
  6.  Los gobiernos pueden interferir en flujos digitales además de en los físicos. Especialmente dada la fragmentación del "splinternet" [NdT: juego de palabras que combina los términos anglosajones de splinter (resquebrajar) e internet], dramatizada por el desarrollo de una ecología de internet distinta en China, es un tema que ha suscitado una gran preocupación actualmente. Y estas preocupaciones se agravan al reconocer que el ciberespacio abre una nueva vía para la guerra. Según los analistas de internet, docenas de naciones ahora tienen la capacidad de hackear a otras como parte de su política exterior. La cuestión más amplia, que resulta especialmente útil para refutar la idea de la tecnología por encima de todo, es que las decisiones políticas pueden imponerse a los desarrollos tecnológicos.
     
  7. Los adeptos digitales tienden a mezclar la digitalización con activos intangibles, cuya intensidad ha aumentado durante el último medio siglo, exagerando el potencial de la transformación digital. Algunos conocimientos prácticos, por ejemplo, se consideran como imposibles de digitalizar. Por ejemplo, los conocimientos tácitos, que John Hagel III y John Seely Brown han estudiado en profundidad en los flujos de información, están aumentando de valor en lugar de devaluarse.
     
  8. Otro error común consiste en mezclar la digitalización con la tecnología y afirmar que todo cambio tecnológico aumenta la globalización. Pero desarrollos como la robótica y la impresión 3D podrían acabar reduciendo los niveles de comercio en lugar de aumentarlos, en función de lo rápido que se reduzcan sus precios. La tecnología de aprendizaje online podría reducir los flujos transfronterizos de estudiantes. Y, ¿quién sabe qué efecto podría tener la realidad virtual sobre el turismo?

Otra reciente aportación relacionada con la digitalización, The Great Convergence de Richard Baldwin, adopta un rumbo más específico. El texto distingue entre una primera era de globalización, impulsada por la caída del precio del transporte, una segunda era, en la que la comunicación facilitó la dispersión de la producción y los conocimientos económicos, y una tercera era, alimentada por el movimiento virtual de gente mediante la "telepresencia" y la "telerrobótica". Es fácil apreciar el gran potencial que sugiere Baldwin. Conseguir algunos de los beneficios de la inmigración sin que tenga que producirse. Pero las interacciones puramente telemáticas son algo frías e incluso si se diseñan para ser agradables, es difícil imaginar que los aumentos radicales en la subcontratación de servicios laborales puedan considerarse un éxito, y por tanto sostenible en una era de tanta preocupación por el empleo. Por supuesto, esa preocupación podría desplazarse mientras el norte de Eurasia, incluida China, experimente crisis demográficas.

¿Por qué es tan importante rebatir estas formas de globaloney, tanto digitales como de otro tipo? Al nivel de las políticas públicas, el globaloney engendra complacencia, incluso en tiempos tan peligrosos. Como proclamó el CEO de Soho China, Zhang Xin, en Davos este año, "pase lo que pase, a pesar de todas las sorpresas del año pasado en los resultados de las elecciones, la globalización seguirá adelante. Estamos conectadísimos actualmente, y acudir a Davos lo reafirma". Pero la desconexión entre la élite globalizada de Davos y los compromisos nacionales y locales de sus clientes y empleados encienden las mismas reacciones violentas que estamos observando. Y a nivel de estrategias de negocio, el globaloney da paso a un exceso de confianza respecto a nociones como las de las plataformas digitales como balas de plata para todo el tiempo y dinero que conlleva generalmente la globalización. "¿Qué, preocuparme yo?" no representa una buena respuesta a nuestra crisis actual.