Algunos jefes son todo pose. Son un manojo de impulsos en un traje (si es que pueden mantener su traje puesto), cuyo único rasgo predecible es su irracionalidad. Usamos todo tipo de nombres para definirles: loco, bomba de relojería, depredador, idiota.

Nos ofendemos con ellos, les denunciamos, pero también les seguimos e incluso les admiramos. Al menos, muchos de nosotros lo hacemos de forma que logran trepar y mantenerse en el poder.

Esos líderes no son solo controvertidos. Son fundamentalmente antisociales. Hieren a las personas, a menudo de forma impulsiva, y lo llaman "autenticidad". Dicen que tienen que sacudir las cosas para poner fin a las instituciones disfuncionales y liderar el camino hacia un futuro mejor en nombre de la autenticidad y la disrupción, terminan perpetrando un asesinato cultural: corroen las normas de la decencia, la confianza y la cooperación de tal manera que es difícil reparar la situación incluso después de su marcha. 

No hace falta decir que hay líderes auténticos y disruptivos de otro tipo. Déjame llamarlos "contrasociales". También actúan impulsivamente y desafían apasionadamente las estructuras y las normas. Sus impulsos están atemperados por la compasión y canalizados por la curiosidad, mientras que los líderes antisociales están alimentados por la sospecha y amplificados por el miedo. Si los líderes antisociales toman decisiones que restringen la libertad de los demás, los contrasociales trabajan para expandirla, especialmente para aquellos que han tenido menos de lo que les habría correspondido (sobre todo en cuanto a antigüedad se refiere). 

En un momento en el que todos los líderes reclaman autenticidad y prometen disrupciones, no siempre es fácil distinguir a los líderes antisociales de la variedad contrasocial. Sin embargo, es cada vez más importante diferenciarlos, comprender qué impulsa a uno u otro tipo de líder a la cima, y ​​qué nos impulsa a convertirnos -o a apoyar- a cualquiera de los dos.

Para responder esas preguntas, debemos ir más allá de diseccionar las habilidades y los estilos de los líderes. Debemos ver cómo las sociedades hacen líderes y lo que los líderes hacen a las sociedades a su vez. Para hacerlo, haríamos bien en revisar el trabajo y el destino de un erudito en liderazgo: Sigmund Freud.

A principios del siglo XX, Freud se convirtió en un portavoz de lo innombrable, una autoridad de lo subversivo, una voz de la sinrazón -a la que denominó "subconsciente"-, que se ganó un nombre trabajando sobre arenas movedizas. Durante tres décadas, su trabajo generó controversia y le convirtió en un intelectual conocido por el público.

A fines de la década de 1920, cuando se propuso escribir El malestar en la cultura, su estado de ánimo se había ensombrecido. Freud miró a su alrededor y vio una tensión social generalizada y líderes incapaces de contenerla, pero dispuestos a explotarlo. Al advertir sobre el peligroso atractivo de esos líderes, el libro se convertiría en su libro más profético y popular, además del último.

En El malestar de la cultura, Freud parecía pregonar una tregua en su batalla de por vida contra las restricciones que la represión impone a los deseos humanos. Dijo que se necesitaba cierta represión para mantener la sociedad en funcionamiento. La sociedad podría restringir nuestros placeres, argumentó, pero a cambio nos ayuda a evitar el dolor que otras personas pueden infligirnos.

Los seres humanos tienen una cierta agresividad innata, sostenía Freud. Consideran a su vecino no solo como un posible ayudante o compañero. A veces, están tentados de "explotar su capacidad de trabajo sin compensación, a usarlos sexualmente sin su consentimiento, a apoderarse de sus posesiones, humillarlos, causarles dolor, torturarlos y matarlos". Freud evocó siglos de historia para concluir que "la sociedad civilizada está perpetuamente amenazada con desintegrarse" por las muchas expresiones de la agresión humana.

"Las pasiones instintivas son más fuertes que los intereses razonables", afirmó. Si una sociedad no puede regular las relaciones entre los miembros, la única forma de resolver un conflicto es la fuerza bruta, y las personas se sentirán inclinadas por utilizarla. Cualquier ciencia social, un siglo después, coincide con esto. Los intereses compartidos y una cultura común no nos mantendrán civilizados por sí mismos. También es necesaria la justicia.

Una característica definitoria de una "sociedad civilizada", según Freud, es que busca hacer que sus miembros sean iguales ante la ley. Eso es lo que la distingue de una tribu. Las tribus no restringen el placer y reducen el dolor en igual medida para todos. En las tribus, la élite y muchos subordinados están unidos por enemigos comunes y culturas que reprimen la disidencia. (Las tribus pueden sentirse seguras, pero lo que realmente proporcionan es un sentido de la agresión en grandes cantidades).

Las tribus se convierten en civilizaciones cuando comienzan a expandirse mediante la concesión del derecho de voto en lugar de la subyugación. Eventualmente se esfuerzan por incluir a todos, con la única excepción de las personas incapaces de sacrificar su propio interés por el bien común. Como todos albergamos tal incapacidad hasta cierto punto, ser civilizado a menudo implica sentirse frustrado o culpable. La mayoría de nosotros acepta esto y trata de conformarse. Sin embargo, algunos no lo hacen y reclaman una mayor porción de libertad. A los más atractivos de esos descontentos les llamamos "líderes".

Los líderes, vistos de esta manera, cargan con la frustración de las personas con limitaciones sociales. Su disposición a actuar con el impulso de interrumpir el statu quo alimenta su atractivo. Aunque todos los líderes sean descontentos sociales, no todos los descontentos tienen el mismo impacto social. Un "impulso de libertad" que se niega a ser domesticado, como dijo Freud, puede ser "dirigido contra formas y demandas particulares de la civilización o contra la civilización en general".

Dicho de otra manera, el impulso de liderar (o seguir a un líder) puede ser contrasocial o antisocial. Los líderes contrasociales desafían ciertas estructuras o normas para hacer a la civilización más flexible. Los antisociales quieren conseguir más espacios para los que son como ellos, una regresión al tribalismo que amenaza a la civilización como un todo. Mientras que los líderes contrasociales hacen sacrificios por el bien común, los líderes antisociales prometen que nadie tendrá que hacer ningún sacrificio. Los primeros reconocen deseos que no comparten. Los últimos consideran diferentes deseos como traición.

La visión de Freud de las civilizaciones como un esfuerzo por la igualdad y la inclusión podría haber sido idealista, pero no ingenua. No creía que el movimiento del tribalismo a la civilización fuera solo de un sentido. El tribalismo, advirtió, puede asomar la cabeza en las civilizaciones más avanzadas. Es como una neurosis: una regresión colectiva que permite que algunas personas sean antisociales.

Comprender los impulsos que subyacen al aumento del liderazgo antisocial y contrasocial, entonces, es importante por dos razones. Primero, no podemos diferenciar a esos líderes por su dominio de la ciencia o su estilo elegante. Los líderes antisociales pueden ser magos tecnológicos o patrocinadores de las artes, pero aun así tribales. Los líderes contrasociales pueden usar gestos simples y herramientas contundentes e impulsar así la civilización. En segundo lugar, si nos preocupamos por la civilización, no podemos permitirnos esperar a que el legado de los líderes antisociales revele su intención.

La historia de Freud proporciona una historia de advertencia. Cuando terminaba El malestar en la cultura, observó que la ciencia le había dado a la gente herramientas que podrían hacerlas dañinas a una escala sin precedentes. Incluso cuando advirtió sobre la fragilidad de la civilización, se mantuvo débilmente esperanzado de que esta mantendría la agresión bajo control.

Quizás estaba manteniendo la cautela. Tal vez su advertencia fue amortiguada por la represión. El hijo de inmigrantes judíos en Viena no consiguió entender cómo la sociedad que lo había convertido en un héroe se volvía en su contra. Poco después de que apareciera el libro, el liderazgo antisocial comenzó a desatar impulsos tribales en toda Europa. Le tomaría mucho tiempo a la civilización recuperar el control, y Sigmund Freud no estaría allí para verlo.