Hay un tipo especial de jefe. El jefe que llena cada habitación con su gran ego a la vez que con un corazón aún más grande; el que dice las verdades más duras sin hacerte perder la esperanza por ello; el que te hace trabajar más duro pero también consigue que te sientas más aliviado después. A menudo, para subrayar su popular atractivo, llamamos a este tipo de jefes "estrellas del rock". Algunas empresas tienen uno que otros; las más afortunadas, un montón. Sin embargo, entre las verdaderas estrellas del rock, sólo ha habido un jefe, un boss: Bruce Springsteen, y va a Broadway este otoño.

La última producción de Springsteen, un íntimo espectáculo en solitario, combinará lecturas de su reciente autobiografía, Born to Run, con una selección de canciones. Si el espectáculo se parece una mínima parte al libro, será una verdadera clase magistral sobre gestión y liderazgo aunque mucho más lírica que las de empresarios, políticos y generales famosos.

Los artistas también son gerentes y líderes. Mantener una banda unida y sobrevivir a una gira en la carretera implican una buena gestión. Pero este liderazgo es diferente (y a menudo contrario) del liderazgo que encontramos en lo más alto de las corporaciones, países y ejércitos. La obra de arte, como dice Springsteen, es una "subversión natural". Es a través del arte que lo indecible y lo inaudito encuentran voz. Los líderes del establishment pueden alabar y pagar por el arte, pero no controlarlo. Por eso, el liderazgo del artista suele ser digno de confianza: o habla para y por la gente o no tiene ningún poder en absoluto.

Springsteen, cuyo poder de permanencia se ha basado en ser el cronista de lo que él llama "el trauma posindustrial de Estados Unidos", es un ejemplo excelente. Mucho antes de que los economistas documentaran la muerte del sueño americano, sus letras ya lo lamentaron. "¿Es un sueño una mentira si no se hace realidad? ¿Es algo peor?", ha cantado en "The River" durante décadas. Y sin embargo, a la vez que cantaba muchos versos desencantados, también ha mantenido vivo ese mismo sueño. Su carrera es un símbolo de ello tanto como los héroes que protagonizan sus canciones. A lo largo de su obra, y el libro no es una excepción, la gente puede perder la casa, el trabajo y el amor, pero nunca el deseo y el orgullo.

No es de extrañar entonces que la autobiografía se pueda leer como un manual sobre una virtud que tienen los mejores gerentes y que los mejores líderes contagian: la esperanza resiliente. Es el tipo de esperanza que nace de mirar fijamente a la verdad, sobre todo a la verdad de la pérdida y el temor, sin perder por ello la fe. Una esperanza que lleva a través de la miseria sin evitarla, sin ocultarla. De su lectura, me quedé con tres lecciones sobre cómo desarrollarla:

1. Para mantener la atención de la gente, sirva a su imaginación

En términos de gestión, Springsteen es un jefe de la vieja escuela, todo amor duro y fuerzas de mercado. "Las bandas de rock'n'roll que perduran tienen que llegar a una conclusión humana básica", escribe, poniendo en cursiva la que tal vez sea la mayor virtud (de un artista, una cultura o una institución) en su forma de ver la vida, tan moldeada por la pérdida. (Por lo que a él respecta, "lo de morir con las botas puestas es una gilipollez.").

La conclusión es: "El tipo que está a tu lado es más importante de lo que crees. Y ese hombre o mujer debe llegar a la misma conclusión sobre el hombre o la mujer que está junto a él o ella, sobre ti. O: todo el mundo debe estar sin blanca, viviendo muy por encima de sus posibilidades y necesitados de dinero. O: ambas". Hoy en día, los planes de estudio de las mejores escuelas de negocios recomiendan una mezcla similar de empatía e incentivos.

Sin embargo, cuando se trata de liderazgo, hay muchas novedades. “En mi línea de trabajo", escribe Springsteen antes de ofrecer una magnífica definición de liderazgo, "trabajas bajo el mandato de la imaginación de tu audiencia". (Un sirviente de la imaginación es un perfecto contraste con la definición clásica de Napoleón de los líderes como mercaderes de esperanza).

Si tiene la suerte de que se le confíe el liderazgo, es decir, imaginar en nombre de los demás, el boss tiene claro lo que se supone que debe hacer: "Estoy aquí para proporcionar una prueba de vida de ese 'nosotros' siempre esquivo, nunca completamente creíble.".

Estoy aquí, en esa frase, es una condición previa para todo lo que pueda suceder después. Estar ahí, en un lugar y ser de ese lugar, es donde comienza el liderazgo. Después, debe moverse. Las canciones necesitan alguien que las toque; los estadios, personas que los llenen. Pero esos solo son los medios. El trabajo de un líder consiste en encarnar la identidad de una comunidad, en dar palabras, vida, a ideales esquivos. Solo encarnado en alguien, en un modelo a seguir, un ideal llega a convertirse en una historia, en un relato. La legitimidad de un líder, por tanto, descansa en "cuán profundamente puedes habitar tu canción".

2. Deja que el propósito encuentre el oficio

A medida que el joven Springsteen perfeccionaba su arte cada noche en los bares de Jersey Shore, también disfrutaba de su creciente popularidad. No obstante, sentía que algo le faltaba. "Una parte de llegar ahí", el más elusivo de todos los ideales de Springsteen, "es saber qué hacer con lo que se tiene y saber qué hacer con lo que NO se tiene", escribe.

Que la obra de Springsteen nunca defina un ahí puede haber ayudado a los fans a darle el significado que más querían. Para él, sugiere el libro, ahí es una combinación de tomar una posición, hacer que dure y tener libertad para correr. Aferrarse a lo que es valioso sin perder de vista un camino despejado por delante. Pero aunque ahí resulte algo vago, una cosa está clara: llegar hasta ahí requiere mucho trabajo. Puedes perfeccionar tu oficio y dejar que el propósito te encuentre, pero no puedes perfeccionar tu propósito y esperar que el oficio o arte te encuentre.

Propósito es lo que no tuvo él mismo durante muchos años, el impulso que nace de saber que el trabajo es significativo para uno mismo y valioso para los demás. "Para 1977", recuerda, "totalmente a lo estadounidense, me había escapado de los grilletes del nacimiento, de la historia personal y, finalmente, del lugar, pero algo no estaba bien [...] sentía que había una gran diferencia entre la licencia personal y la libertad real, igual que la hay entre la masturbación y el sexo”. Es un buen recordatorio de que el propósito tiene una gestación larga, de que es el resultado de acciones y enfrentamientos, no solo de ambición y dudas.

En los años posteriores, la relación de Springsteen con el trabajo cambió de forma notable. "Al final de la gira de River", escribe, "pensé que tal vez cartografiar [...] la distancia entre el sueño americano y la realidad americana podría ser mi servicio a la sociedad, algo que podría ofrecer y que acompañase también al entretenimiento y los buenos momentos que daba a mis fans. Esperaba que pudiera darle una razón de ser, una misión, a nuestra banda".

Eso es lo que hace el propósito. Le da raíces y misión a un oficio, crea una historia que recordar e imaginar, un lugar desde donde ir. Springsteen capta la distinción entre el trabajo que su música tiene que hacer, conseguir que la gente se emocione en los bares de Jersey y los grandes estadios del mundo, y su propósito, mantener vivo el sueño americano, y nunca lo abandona.

El propósito da sentido y dirección a una vida de trabajo en la carretera, pero la historia de Springsteen, advierte, tampoco libra del tormento. Hay dolor y sufrimiento en abundancia a lo largo de su vida y obra: el tormento de la depresión, una lucha con sus demonios internos; el tormento del talento, una lucha contra la sensación de que siempre podría hacer algo más; el tormento del servicio, una lucha por acarrear el dolor ajeno. Si a menudo no logra dar sentido a ese tormento, al menos logra aprovecharlo.

3. El amor nos hace mejores; la reflexión, perdurar

Usted debe cultivar la autoconciencia para convertirse en un mejor líder. Ninguna advertencia es menos cuestionable que esa y una autobiografía podría ser fácilmente considerada un intento de seguirla. Pero la de Springsteen le da la vuelta al fetiche de la autoconciencia.

Hay mucha autorreflexión en el libro, pero poca es concluyente y rara vez ayuda en realidad. El tormento sigue siendo un quebradero de cabeza, una pieza sin encajar, y, a veces, también el amo de su carrera y su vida. Lo que realmente le ayuda al intérprete es el amor y las canciones. Springsteen busca la ayuda, el amor, de amigos, familiares y terapeutas para que el tormento pueda encauzarse hacia una melodía que se pueda compartir. Porque, según él, "puedes cantar sobre tu miseria [...] pero existe algo en la reunión de almas que aleja la tristeza".

La autorreflexión, parece decir Springsteen mientras se hace eco de la lección de Hamlet, no está destinada simplemente a ayudar. Reflexionar le tortura a uno con dudas, lo frena. No sirve para mejorar una actuación, sirve para que la actuación perdure. ¿Cómo? Forzándole a quedarse quieto cuando sería más fácil tomar partido, portarse mal; logrando que uno sea consciente de sus preguntas para que el sueño no se convierta en obsesión.

Entrenar esa mirada interior con sus propias preguntas permite a Springsteen, en última instancia, entender y cantar la vida de los demás. "La mayor parte de mis escritos son emocionalmente autobiográficos", declara. Y se nota. Las imágenes más claras de lo que Springsteen valora, de quién es, no se encuentran en las reflexiones del libro, sino en sus descripciones, a menudo de una sola línea, de las personalidades de los demás.

Él le da a Bob Dylan el mérito de abrirle los ojos a "una visión veraz del lugar donde viví. Las tinieblas y la luz estaban allí; el velo de la ilusión y el engaño, rasgado". Él llama a su difunto pianista Danny Federici un "pesimista de vaso medio lleno" con "la autopista más corta entre sus dedos y su corazón". U2 es una banda que "toca con toda la carne en el asador". Si esas líneas se leen como si pudieran aplicársele también a él y a su banda, es porque Springsteen, como muchos líderes, se entiende mejor cuando dirige su mirada hacia fuera. Eso es lo que hace que los líderes sean auténticos, dejar que su trabajo los defina.

El espectáculo de Springsteen en Broadway lo llevará al lugar más pequeño en el que haya tocado en décadas. Es una novedad con ecos de lo viejo, de esos bares y salones de baile en los que consiguió despuntar. Elegir un escenario de esas características me recordó una revelación más de su libro, quizás la más grande, que solo aparece en la última escena.

El hombre que nos enseñó que hemos nacido para correr nunca había dicho mucho acerca de "ese lugar al que realmente queremos ir". La esperanza de "llegar allí", demostró, perdura aunque no se sepa si existe tal lugar. Pero conduciendo su motocicleta, en la carretera, por fin está a punto de llegar. Le costó 40 años y otro Born to Run responder al dónde: en casa. Eso es lo que significa liderar en el largo plazo, cuando funciona. Construye un nuevo hogar para nuestras historias. Un hogar del que no podemos escapar; solo regresar, porque nos hace libres.